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Pedir disculpas o pedir perdón

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La diferencia entre pedir perdón o pedir disculpas, viene a ser una cuestión más semántica que otra cosa, pero la sustancia anda pareja. Ahora, ambas fórmulas son indistintamente utilizadas, unos de motu proprio otros en nombre de terceros, que por fas o por nefas, han hecho de la común convivencia mangas y capirotes. A mí me resulta francamente absurdo, no el hecho de pedir disculpas o pedir perdón, si no la importancia que se da según quien lo pida. Evidentemente, no es que por los abusos de carácter sexual cometidos por personal religioso, diga yo que venga a ser lo mismo si pide perdón el cura que el sacristán. El Papa Francisco lo ha hecho creo, que ya más de una vez, y nadie hay dentro de la iglesia que sienta por ello mayor pesar, ni tampoco nadie con cargo más difícil ni de mayor compromiso, ya que por cualquier cosa que diga el Santo Padre, será mirado con lupa.

Hace tan solo unos días, el Primer Ministro del Reino Unido, ha pedido disculpas por las celebraciones en Downing street. Boris Johnson tiene justificadas meteduras de pata de las que pedir disculpas y perdón, todo a la vez a raíz de sus achaques gubernativos ¿Cuantas veces no se ha pedido que Aznar pida perdón o disculpas, según se le acomode, por su empecinamiento en que en Irak había armas de destrucción masiva? Efectivamente había quien sí que las tenía y tiene y además las ha usado contra la población civil, que se lo pegunten a Hiroshima y Nagasaki, y verán ustedes a quién señalan con el dedo.

Indivuduos como los de ETA, que sin ningún motivo les descerrajaban un tiro en la nuca o le hacían volar por los aires a quien no le había hecho nada. Ya me dirán qué valor puede tener pedir perdón o pedir disculpas. Sin embargo, hay que ver cuánto valor se le da, como si esa petición tardía fuera reconocimiento del arrepentimiento que les libera de la barbarie cometida y tantas veces repetida. Es muy difícil perdonar lo que no tiene perdón de Dios.

Los votantes que dan su voto a quien después miente, en lo que cabe pueden sentirse tranquilos, pero si votan a quien ya saben que miente, tienen un problema por el que deberían pedir perdón o disculpas, porque el político mentiroso solo será nefasto si los votos le llevan al poder, y a sabiendas que es un político que miente, no debería ser votado jamás. Pero los hay que como el burro tropiezan en la misma piedra una y otra vez.

¿Para cuando el perdón o las disculpas de aquellos que no les bastaron los muertos de la guerra civil y siguieron fusilando en las cunetas, en las tapias de los cementerios durante años, dejando el país lleno de víctimas y verdugos?

¿Qué clase de perdón, qué clase de disculpas son necesarias que atemperen el alma perdida de quien con sus hechos hace resonar en Europa tambores de guerra? No acabo de entender qué partida de macabro ajedrez se está librando en la frontera entre Rusia y Ucrania, será por mi mucha torpeza y mi mayor ignorancia en los juegos de los mayores, aquellos que continuamente olvidan el coste de una guerra en víctimas y en miles de millones tan estúpidamente invertidos. Luego, al final de uno de esos holocaustos a los que somos tan propensos, se manda un personaje superviviente cargado de medallas injustas tantas veces, que repite lo que ya inútilmente se ha dicho al final de cada guerra ¡Nunca jamás!, y tendrá mucho cuidado en llevar el micrófono apagado no sea que se le escape un «bueno, hasta la próxima».    La verdad siniestra es que la paz no es otra cosa que un paréntesis entre dos guerras. Cuando Caín mató a Abel con la única arma que pudo encontrar, ya apuntó maneras de cómo iba a ser el devenir del ser humano sobre la faz de la tierra. Quizá no estaría de más que un día pidamos disculpas, pidamos perdón por el hecho de ser como somos, tan capaces, tan predispuesto para autodestruirnos a nada que tomemos una simple frontera como motivo.

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