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Sillón de lectura

Entente cordiale

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Hace un par de semanas hablaba de un sueño. En él, me veía con unos amigos en un túnel lleno de estampitas de la Virgen y militares en pose solemne de desfile, con guantes blancos y botas lustrosas. De pronto una luz me cegaba y me encontraba en una nube con los amigos hablando de un futuro beatífico, lejos de aquel castrante cutrerío del todo por Dios y por la Patria, asentados en una democracia tranquila, a la suiza o, más exactamente a la sueca, danesa o noruega, es decir un régimen  en el que se alternaban en el poder un centro izquierda socialdemócrata, sin veleidades estatalistas y un centroderecha liberal respetuoso con los avances sociales y con los principios de un estado de bienestar. Vamos, que mi sueño era habitar un país donde reinara lo que ahora Abascal y acólitos definen despectivamente como «consenso progre».

Dado mi carácter calmado y conservador, mis ilusiones políticas se irían centrando en alcanzar una democracia aburrida, sin sobresaltos populistas ni fervorines patrioteros. Quizá por ello me alegré tanto cuando, en las tertulias políticas del Ateneo que coordinaba en los años ochenta, oía hablar a prohombres de la derecha clásica elogiar las políticas de Felipe González, incluidas sus rectificaciones, sobre todo la más sonada del ingreso de España en la OTAN. Entonces, la mayoría de mi generación estábamos por la labor de no formar parte de una organización eminentemente militar, pero me bastaron dos sesudas tertulias para convencerme de que, si queríamos estar en Europa como miembros de pleno derecho, debíamos pagar el peaje de la OTAN, vamos, que todo iba en el pack.

Luego vendrían Juan Guerra, Urralburu, Roldán y toda la cohorte de aprovechados que pretendían forrarse, como años más tarde reconocería Eduardo Zaplana, un ex ministro de Aznar quien por cierto aún anda entrando y saliendo de la cárcel, como nuestro ínclito Jaume Matas,  y aquello derivó como derivó, en una corrupción extendida y transversal, es decir, que afectaba por igual a socialistas y populares. Los gobiernos se iban alternando y mal que bien las instituciones funcionaban, pero la verdad, y como Zavalita en «Conversación en la Catedral», que no sabía cuándo se jodió Perú, también aquí las esencias de nuestra democracia aburrida empezaron a escurrírsenos por entre los dedos sin saber muy bien cómo ni por qué.

Y hasta aquí hemos llegado, que diría Pablo Casado sin imaginar que un día la efectista frase se le volvería en contra, como acaba de suceder a la hora de escribir estas líneas, que pretenden transmitir una sincera preocupación por la descarnada crisis del principal partido de la oposición, al que los ciudadanos que nos consideramos moderados necesitamos fuerte para que se cumpla nuestro sueño de una alternancia tranquila y ordenada entre centro derecha y centro izquierda, sin necesidad de peligrosos ejercicios de funambulismo con partidos situados en los extremos del arco parlamentario que nos pueden llevar a territorios inhóspitos.

Para nadie con dos dedos de frente puede ser digna de regocijo la implosión descontrolada del PP porque sus ríos de lava pueden llevarse por delante los sueños de calma de una ciudadanía que viene de donde viene. Me preocupa la progresiva (¿e imparable?) decantación de la derecha española hacia posturas más radicales, sin el sentimiento europeísta que engloba toda una panoplia de valores, incompatibles con los que exhiben gobiernos tan retrógrados como los de Hungría o Polonia, amistades peligrosas de nuestra derecha alternativa en alza. En aquellas tertulias aprendí que la base de la estabilidad es una clase media pujante, con un liderazgo y un electorado moderados que hagan de colchón entre tendencias más arriscadas.

Así que ahora mi sueño ha perdido tintes adanistas: me conformo con transitar por el centro, en pleno «consenso progre» que, pese a las gracietas de los halcones de la extrema derecha, no es otra cosa que la entente cordiale entre socialdemócratas y liberales    que ha traído a Europa su etapa histórica de mayor paz y prosperidad. Ahora, mi sueño se limita a vivir en una democracia en la que llamen por la noche a tu puerta y sea un lechero con la cara tranquila y sosegada, digamos tipo Feijóo. A ver si hay suerte y entre todos logramos acallar a los pregoneros del apocalipsis diario. Sería un descanso.

PS.- Baño de realidad al despertar de los sueños: Putin bombardea y Trump dice que «su amigo Vladimir» es un genio. Vuelve  la pesadilla.

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