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Cómo ser un perdedor

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Tengo dos hijas. Ambas escolarizadas en un entorno anglosajón. En su adolescencia las escuché a ellas y a sus amistades manejar el término looser aplicado al individuo opuesto al llamado «popular», a saber, el idolatrado, imitado, rodeado de una corte de aduladores. Siempre me ha dado grima esa categorización.

A la generación de mi prole dedico pues este ensayo que bien pudiera considerarse libro de autoayuda y al que titularé: «Cómo ser un perdedor».

Ahí va el capítulo primero:

Teoría del triunfo. Investigaciones recientes corroboran lo que la sabiduría popular venía intuyendo desde tiempos remotos: la sospecha de pertenecer al grupo de los perdedores loosers impide o dificulta al individuo (en nuestra cultura occidental, pero posiblemente en muchas otras) el pleno disfrute de la vida, alejándole de la grata experiencia de la felicidad.

Sostengo que esta ecuación malsana puede y debe ser desmantelada.

Sostengo que ser un perdedor digno y sostenible (PDS en adelante) no ha de ser un escollo para el disfrute de una vida plena y satisfactoria, ni un obstáculo para caminar por ella con la cabeza bien alta.

Esta certeza ha constituido el principal aliciente para hacer públicas estas reflexiones; aspiro con mi estudio a dotar al PDS de una herramienta que le ayude a valorar su condición y desarrollarse plenamente como se merece.

La primera duda que surge en la mente de los perdedores apunta a la controversia sobre la conveniencia o inconveniencia de pertenecer al grupo looser.

¿Por qué pretender ser un perdedor? Muy sencillo: ser perdedor es infinitamente más fácil que ser triunfador. Está sobradamente documentado que hay miles de millones de perdedores, mientras que los triunfadores se cuentan con los dedos de una mano (en algunos ámbitos con los dedos de una oreja). Atendiendo pues a la estadística, la probabilidad de acceder al club de los triunfadores es minúscula. Luchar contra las estadísticas es un ejercicio agotador y frustrante como bien saben los que compran lotería o acuden a las salas de bingo y casinos soñando romper las leyes de la probabilidad.

Desde luego esta razón es poderosa, y bastaría por sí sola para desalentar a cualquier persona sensata. Pero es que hay más razones, entre las que destaca la circunstancia contrastada de que la mayoría de triunfadores acaban haciéndose antipáticos a sus semejantes. Incluso (y esto no todos lo tienen en cuenta), muchos de ellos llegan a resultar antipáticos a sus amigos y familiares. Algunos no se soportan ni ellos mismos. Cuando un triunfador llega a esta penosa fase de auto desprecio (y muchos lo hacen -a veces sólo es cuestión de tiempo-), ni siquiera tiene el consuelo de poder desahogarse confesándolo, pues está tan acostumbrado a su rol de «exitoso» que no contempla la posibilidad de mostrar en público debilidad, duda o insatisfacción, conceptos todos ellos demasiado vinculados con el fracaso.

Si usted se propusiera (insensatamente) ser un triunfador, iniciaría pues una carrera agotadora y descomunal en la que encontraría enormes probabilidades de fracasar y sobre la que hay grandes dudas de que conduzca directamente a la felicidad. Si por el contrario decide aprender a ser un PDS, todo rodará cuesta abajo, todo fluirá con la facilidad del que nada a favor de la corriente. Sus progresos serán enormes y rápidos. La frustración no contaminará su camino. Sepa que la felicidad aparecerá esporádicamente en modestas rachas. Se acostumbrará rápidamente a ello y sabrá aprovecharla cuando haga acto de presencia. Será como un regalo inesperado y bienvenido, aprenderá a guardar con mimo en sus recuerdos esos momentos de gozo para acariciarlos cuando vengan mal dadas.

Pero ¡ojo! No basta ser un perdedor, hay que ser también digno (no hacer el ridículo) y sostenible (no puede uno morir de hambre). Un PDS debe pues evitar aparentar en Instagram que es rey del mambo tanto como debería evitar arruinarse. Un PDS ni puede ni debe ser un sobrado, ni un gorrón, ni un gafe, ni un fantasmón, ni mucho menos un plasta o un metomentodo.

Pero estas enseñanzas serán quizás objeto de próximos capítulos.

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