Basta ser un poco observador para darse cuenta de que, de vez en cuando o más veces de lo que desearíamos, confluyen en nuestro planeta una serie de circunstancias que hacen que al ser humano se le obligue a ser espectador de los acontecimientos más duros. Y desde esa imaginaria atalaya puede uno ver y hasta palpar el latir de las gentes, esos hilos frágiles e invisibles que nos manejan y esa extraña sensación de estar siempre andando sobre la cuerda floja. Es la energía negativa que a veces solemos irradiar al estar a punto de iniciar determinadas acciones. La Guerra bautizada como de Ucrania, las amenazas vecinas, las pruebas con misiles de largo alcance, avisan y amenazan casi siempre al más débil y es entonces cuando el débil se crece como si en ello se hallara la fuerza que va a devolverles todo su esplendor, demostrar a sus vecinos ricos y desarrollados que también pueden llegar a ser fuertes y poderosos, es el grito por la supervivencia cuando las fuentes de lo humanitario se agotan o son insuficientes. Como decía al principio me preocupa ese punto muerto en el que nos hallamos quienes no queremos ser espectadores de esos acontecimientos, pero me preocupa mucho más las respuestas a determinadas preguntas como por ejemplo, ¿quienes los hemos armado y a qué precio?
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