A muchos habitantes de este país la palabra español les provoca un sarpullido. Y no es capricho, ni maldad, es prevención, lo que hace un gato escaldado cuando se acerca al agua fría. Por eso, la creación de un nuevo partido político que lleva el apéndice de española ya crea cierta cautela y, aunque venga precedido de la palabra izquierda, nos incita a leer con lupa la letra pequeña porque en los últimos tiempos el fascismo se está adueñando de todo el diccionario tradicional progresista, abanderando términos como libertad, libertario... en fin, que solo les queda quitarnos la anarquía y el comunismo. La nueva formación, efectivamente, conlleva un pero. Al menos para una parte sustancial de quienes vivimos en este país y exhibimos su pasaporte. Y es que esta Izquierda Española no quiere saber nada de nacionalismos. De nacionalismos que no sean el español, claro. Más de lo mismo. Dicen que quieren ser alternativa al PSOE –también lleva el español en sus siglas– porque no soportan que el partido de Pedro Sánchez haga tratos con independentistas. Olvidan, quizá, que dentro del nacionalismo hay formaciones de izquierdas y de derechas. A ellos deberían molestarles los pactos con la derecha –vasca, catalana, da igual–, pero, ¿por qué les pica el acuerdo con otras izquierdas? Porque en el fondo no desean –como se supone que hacen los ‘zurdos'– el bienestar de la clase obrera, sino el mantenimiento a ultranza del status quo, aquello tan lampedusiano de cambiar algo para que nada cambie. Habrá que ver sus propuestas concretas, pero cuando nacen enfrentándose a quienes buscan lo mismo que ellos, mal empiezan. Otro grupúsculo para dinamitar la izquierda desde dentro.
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