Al pobre Pedro Sánchez le crecen los enanos. Menos mal que tiene una bula papal para pedir pasta prestada a Europa sin límites y eso le permite repartir dádivas a diestro y siniestro. El día que haya que devolver la deuda nos haremos el haraquiri, pero serán nuestros hijos, o nuestros nietos quienes tengan que enfrentarlo. Mientras, que siga la fiesta. Hace ya décadas que el mundo desarrollado decidió que era mucho más práctico deslocalizar la producción industrial hacia países pobres donde los salarios eran de risa, las condiciones laborales casi de esclavitud y las férreas normativas medioambientales ni estaban ni se las esperaba. El chollo total. España, que ya era un país con dificultades, cavó unos metros más su propia tumba para entregarse en cuerpo y alma a lo único que no nos ha fallado nunca (con permiso de la pandemia): el turismo. Ya no solo de sol y playa, un clásico, ahora también rural, deportivo, de balnearios, espiritual, de experiencias… ya no saben qué inventar. ¡Ah, sí! ¡La España fresca! Viajar para ver llover. En fin, que solo nos faltaban los aranceles de Trump. Dicen las teorías económicas que la deslocalización popularizada en los años noventa no fue una catástrofe para los países que perdían su industria porque crecía el empleo en el sector servicios. Lo que no nos decían era que con las fábricas de absolutamente todo lejos de casa estaríamos a merced de esos países pobres. Lo vimos durante la pandemia. No teníamos ni mascarillas, porque no las producíamos. Ni medicamentos, ni nada de nada. Nos hemos quedado para plantar verduras y hortalizas en el campo. Ah, no, que eso con Trump también será inviable. Solo nos queda plantar sombrillas y hamacas en la playa.
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