Lo que ocurre en Palestina deja sin respiración a cualquiera. Imposible asimilar tanto horror, pero aún es más imposible asimilar el papel de quienes se autocalifican como estados «democráticos y civilizados». Incluso quienes dicen desmarcarse de la matanza toman decisiones tímidas que básicamente se quedan en el mero discurso, sobre todo por no enfrentarse con quienes realmente sostienen, usan y se benefician del sionismo.
Si la potencia ocupante de Palestina, ascendida a la categoría de «estado», y su representante Netanyahu son el brazo ejecutor del exterminio, los que realmente lo hacen posible son quienes están detrás, quienes se benefician y podrían detenerlo directamente y sin crear un problema mayor: Inglaterra, EEUU, Francia, Alemania y, en general, casi todo el bloque occidental, en mayor o menor medida. Hay que apuntar al fondo de la cuestión. La Palestina ocupada es solo un enclave geoestratégico al servicio de los intereses del imperialismo histórico y su relación directa con un capital financiero que no tiene filtro a la hora de acumular a costa de destruir a quien sea.
La impotencia de la ONU, la caída en picado del derecho internacional, la impunidad con la que se atacan, invaden y exterminan pueblos, la desfachatez de señalar como enemigo el integrismo más fanático para terminar entregándole países y reconocerlos como jefes de estado, como en Siria, pone al descubierto la verdadera naturaleza de la clase dominante occidental. Un cambio de rumbo es urgente.