Los gobiernos y las sociedades se enfrentan cada tanto a catástrofes como una guerra, la crisis de 2008 o la pandemia, que nos dan la vuelta como a un calcetín y trastornan todo lo que tocan. Son las cosas que acaban reflejadas en los libros de historia. Sin embargo, en el día a día rutinario hay problemas «pequeños», o como mínimo menos llamativos, que también acaban por destruir a un pueblo, como una silenciosa plaga de termitas que devora sus cimientos. Es el caso del precio de la vivienda, la ridícula burbuja inmobiliaria que alguien está empeñado en inflar y que, cuando estalle, volverá a dejarnos boca abajo.
Toda una generación ve castradas sus aspiraciones vitales por la incapacidad de salir de casa de sus padres. Los padres estamos encantados de echarles una mano y seguir compartiendo nuestra vida con ellos, pero ya no son niños ni adolescentes y la frustración les pasa factura. Los políticos se hinchan a anunciar planes para construir y urbanizar, mil historias que acabarán como siempre: más ladrillo, más cemento, y a precio de millonario. Porque el problema no es que falten casas, es que son muy caras. Incluso las que se «venden» como de precio limitado suben a cifras inasumibles para la mayoría. Sobre todo porque, reconozcámoslo, no lo valen. Un apartamento de un dormitorio que cuesta 600.000 euros estaría bien frente a Central Park en Nueva York, en el centro de Londres o en lo más romántico de París o Roma. Tal vez en un lugar exquisito de Mallorca frente al mar… podría ser. Pero no en una barriada de Palma. Y cuando se pongan a edificar, ¿qué obreros lo van a hacer? Porque de eso también nos falta. Tendrán que traerlos de fuera, más inmigración, más necesidad de vivienda…