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La puesta de sol

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Al considerar la evolución de la economía de un país es costumbre distinguir crecimiento y desarrollo. El concepto de crecimiento es muy sencillo: se mide una variable que llamamos el Producto Interior Bruto, que es el valor de todo lo que la economía produce en un año, y se va siguiendo la evolución de esa variable a lo largo de los años. Si el PIB aumenta año tras año decimos que la economía crece. El gobierno suele exhibir el crecimiento como fruto de su buena gestión. Por el contrario, un crecimiento negativo suele ser considerado como muestra de incompetencia política y pone a quienes gobiernan en serios apuros. El desarrollo, en cambio, se refiere al progreso de una sociedad hacia un bienestar creciente, con los cambios que lo acompañan, y es, por ello, un concepto más complejo y menos susceptible de ser representado por unos pocos números.

Si lo que interesa es el bienestar de una sociedad, la cifra del PIB y su crecimiento son indicadores muy rudimentarios, y, en países como el nuestro, frecuentemente engañosos. Para aproximarnos a la realidad social acudimos al PIB por cabeza, que hace más fáciles las comparaciones entre países. Basta con dividir el PIB por la población: vemos así que los países ricos tienen un PIB por cabeza setenta veces superior a los de renta baja, o que la renta por cabeza de España (algo inferior a la media de la Unión Europea) es más de doscientas veces superior a la de Burundi. No hace falta mucha imaginación para concluir que hay gente que vive bastante mejor que nosotros, y gente, esta vez mucha gente, que vive muchísimo peor. Un altísimo grado de desigualdad.

Siempre ha habido desigualdad entre ricos y pobres, tanto entre países como dentro de cada país. Pero tres cosas han cambiado en los últimos dos siglos. Por una parte, hemos dicho a los pobres que era cuestión de paciencia, porque con el crecimiento del pastel (el PIB mundial, o el de cada país) crecería la ración de cada uno. Que una marea creciente pone a flote todas las barcas, o que el crecimiento de los de arriba gotea hacia los de abajo. Los últimos cuarenta años lo desmienten: pocos son los países pobres que han mejorado su condición (la gran excepción es, naturalmente, China); y dentro de nuestros países estamos asistiendo a un proceso de concentración de la riqueza sin precedentes en los tiempos modernos. Por otra, esa desigualdad es hoy conocida, y ese conocimiento es probablemente uno de los causantes de los movimientos migratorios. Por último, lo poco que sabemos del cambio climático nos sugiere que continuar creciendo como hasta ahora no será posible. No hay que renunciar al crecimiento, pero este ha de dejar de ser la medida del éxito y la coartada de todas las barbaridades. Ha de ser uno de los medios para lograr una sociedad próspera y estable, no un fin en sí. El desarrollo como objetivo frente al crecimiento.

Hago mal en dirigirme a los menorquines, porque ellos sí que han entendido el mensaje. No van a poner en riesgo ni la Menorca Talayótica ni la Reserva de la Biosfera con más pisos turísticos, ni con más urbanizaciones en terrenos rústicos, peores sistemas de recogida de residuos, o hectáreas de césped; van a limitar el número de automóviles a la capacidad de caminos y aparcamientos. ¿O no es así?

Terminemos con una píldora de sabiduría venida del otro extremo del mundo. En Madagascar, un funcionario del Banco Mundial, participante en una misión dedicada al desarrollo rural de la isla, quería convencer a un granjero de la conveniencia de añadir una vaca a la que ya tenía. Este le contestaba que no tenía dinero. El funcionario le ofrecía un crédito, que amortizaría de sobra con el rendimiento de la segunda vaca. Así debatieron durante un rato. Al final, el granjero le contestó: «Cada tarde, cuando termino de ordeñar mi vaca, contemplo la puesta de sol. Con una segunda vaca, ya no tendré tiempo de contemplarla. No quiero su vaca».

Uno de nuestros personajes se comportaba de forma racional. ¿Cuál de los dos era? En mi opinión, la respuesta que daría un economista no es la correcta.

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