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El genocidio de Gaza

Albanese, premio Nobel

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Albanese, premio Nobel. Más allá de pedir el premio Nobel de la Paz para la relatora de la ONU, Francesca Albanese, esta petición se ha convertido en un clamor. Un clamor internacional, solidario, pacifista y humano en contra del genocidio que el Estado sionista de Israel está perpetrando contra el pueblo palestino en Gaza. No puede haber medias tintas. Lo que hace el gobierno de Israel es matar personas palestinas de cualquier edad, da lo mismo, porque el objetivo es forzar a este pueblo a que se marche de su tierra -porque es su tierra- o que se quede recluido en un territorio convenientemente vallado y vigilado en el sur de Gaza, una suerte de campo de concentración o una nueva versión de los bantustanes sudafricanos de la época del apartheid, algo que ya ha verbalizado el ministro de defensa israelí, encantado de imitar el proceder de aquel gobierno de blancos racistas.

Israel tiene un plan desde 1948 para apropiarse de Palestina en su totalidad. De forma progresiva y con la inestimable ayuda de occidente, sin la cual su expansión hubiera sido imposible, ha ido consiguiendo sus objetivos. Por una parte, ocupación física por la fuerza de gran parte de ese territorio y control extremo de aquellos otros, como Cisjordania, que no ocupa totalmente con vallados, muros de separación, carreteras separadas, puestos de control, detenciones arbitrarias, allanamiento de moradas, derribamiento de viviendas, destrucción de explotaciones agrarias y anexiones continuas que hacen que la vida para la población palestina sea tremendamente complicada. En el caso de Gaza, la decisión tomada es la destrucción total. Destruir infraestructuras, hospitales, escuelas, mezquitas, viviendas, pozos, carreteras, mercados. Destrucción y muerte.
Para los dirigentes de Israel, cualquier estrategia es válida con tal de conseguir su objetivo último, liberar de extraños la Tierra Prometida por su dios, una promesa anacrónica que incluye todo tipo de violencia hacia el pueblo palestino al que ni siquiera consideran humano algunos de los ministros más fanáticos de su gobierno. Matar a niños con bombas o por hambre no ocasiona ningún remordimiento desgraciadamente a una parte sustancial del pueblo israelí hoy día ya que considera que así se evita el crecimiento de la población palestina. No es algo compartido de forma generalizada obviamente como lo demuestra el rechazo de esta matanza por parte de varios colectivos judíos de derechos humanos, personalidades de la cultura o de la ciencia, así como personas horrorizadas con tanta saña, pero es innegable que el pueblo israelí no ignora lo que está pasando. La televisión y las redes muestran a diario el horror del genocidio. Es repulsivo que se hayan instalado en la frontera con Gaza miradores para observar los bombardeos. Observar cómo se mata, sin compunción personal alguna.

Cuando Netanyahu y sus ministros supremacistas o Trump y su secretario de estado Marco Rubio, critican y desprecian a Albanese, están criticando el derecho internacional y a la propia ONU, de la que forman parte, pero de la que no aceptan la mayor parte de sus resoluciones, como no aceptan al Tribunal Penal Internacional que emitió un orden de arresto contra el primer ministro israelí y varios de sus ministros.

Pero también hay cómplices y Albanese lo ha señalado. Ha dirigido su dedo acusador contra los países occidentales, particularmente a la Unión Europea, incapaz de ponerse de acuerdo frente a la barbarie sionista y a la que demanda que deje los pronunciamientos huecos y pase a la acción, lo único que puede salvar a la población palestina.

Hace ya tiempo que no hay más camino que la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel, el embargo de armas, la denuncia y ruptura del tratado comercial vigente, la expulsión de Israel de todas la competiciones y torneos deportivos europeos en los que participa, la suspensión de los acuerdos educativos y la sanción a todas las empresas que se benefician de la ocupación israelí. No es cierto que haya que pactar un acuerdo entre todos los países de la UE, cada país puede tomar la decisión que le parezca más honesta para salvar la vida de tanta gente inocente. Eslovenia nos está mostrando el camino con su reciente decisión unilateral de embargo de armas.

Albanese se ha convertido en un símbolo de resistencia. Ella hace su trabajo y lo hace con la dignidad de quien sabe que está en lo cierto, porque no hay duda de que los que asesinan a diario nunca pueden estar del lado de la razón, de la humanidad y de la paz.

Si no se actúa de forma rápida y contundente, es posible que dentro de unos años se escriba un libro sobre el mirar a otro lado en el genocidio palestino y sobre la consiguiente desmemoria de la que se nutren estos procesos. Es posible que se recuerde entonces a Hannah Arendt y su conocida reflexión sobre la banalidad del mal a propósito del consentimiento del horror nazi. Una desmemoria que ha durado décadas en Europa como se refleja en el magnífico «Los amnésicos» de Geraldine Schwarz.

Los paralelismos con aquellos tiempos y los actuales están servidos. Pero es necesario conservar el espíritu de lucha, resistencia y rebeldía como lo hace el pueblo palestino y también una persona como Francesca Albanese que, a pesar de las sanciones que le imponen EEUU e Israel, sigue denunciando el genocidio palestino, a aquellos que permanecen indiferentes y a aquellos que se enriquecen con la ocupación y con la estrategia militar.

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