Cuando la desgracia toca a la puerta de una familia o de un pueblo es un momento de prueba. Se prueba la fortaleza, la solidaridad, la empatía y hasta la compasión. Sin embargo en no pocas ocasiones, la oportunidad de actuar correctamente se desperdicia y da paso a rencillas estériles. España está siendo pasto de terribles incendios que si no están haciendo más daño es gracias a la extraordinaria profesionalidad de los encargados de domesticar las llamas. No tienen piedad con la tierra ni con los hombres y mujeres que ven como buena parte de su biografía se ha convertido en cenizas. La tarea del Gobierno no es volver a entrar en guerra de competencias. Se trata de dar apoyo no solo a las víctimas directas, sino también a los presidentes autonómicos que ven sus territorios convertidos en cenizas. Nuestro presidente debería haber realizado una comparecencia institucional mostrando ese apoyo político a los responsables autonómicos, dejando para después de las llamas las discrepancias o las críticas. Ahora es el momento de la grandeza política y no de la trifulca barata, alejada del sufrimiento de los miles de damnificados que si bien necesitan ayuda económica, hubieran agradecido el calor que suponen las palabras bien dichas. Si esta ausencia de saber estar en política ocurre en la desgracia, no quiero ni pensar lo que será cuando las llamas se apaguen. Pero hay que estar preparados porque cuando entremos en campaña los tuits del ministro de Transportes, nos van a parecer un cuento de niños.
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