«El miedo guarda la viña» sería la versión castellana de su equivalente volteriano «De vez en cuando es bueno matar a alguno para que los demás se animen». En su obra «Cándido», Voltaire hace una crítica al fusilamiento del Almirante Bing en 1757.
Las decisiones que se tomen en determinadas circunstancias, serán acertadas o no, en función de las consecuencias que de la misma se deriven. A menudo, las consecuencias que en principio pudieran parecer adversas, con el tiempo se revelan como positivas, y viceversa. Si la decisión -y sus consecuencias- intrascendente en su momento, con el tiempo llega a ser crucial, dependerá en gran medida de la cantidad de elementos que durante ese tiempo se van uniendo –opiniones, estudios, valoraciones-, sumando elementos a las ecuaciones de un sistema que, a diferencia del matemático, no tiene una única respuesta. Obra sobre un folleto escrito, al que la historia, como si de un director de escena se tratase, incluye o retira actores para representarla con el final –y su moraleja- que en cada momento necesite –o le demanden-.
« …cuando el valor y la lealtad no eran garantía suficiente para la vida y el honor de un oficial naval», reza parte del epitafio cincelado sobre una lápida existente en la cripta de la iglesia de Berfordshire (Inglaterra), celosamente mantenida por sus descendientes que, a día de hoy, siguen reivindicando una rectificación a la sentencia. El almirante Bing era hijo del también almirante Bing que tan decisivo fuera en la historia del puerto de Mahón, como impulsor de su construcción. Bing –hijo–, marino de probada valía y reputación. Estando en aguas del canal de la Mancha en 1756, recibe orden precipitada de trasladarse a Menorca, con una escuadra falta de hombres escasa de barcos y sin apenas recursos, con el fin de bloquear el acceso de la flota francesa que pretendía –como consiguió– desembarcar en la isla las tropas que debían apoderare de la misma. La flota francesa al mando de Galisonnier se había adelantado y cuando Bing llegó se encontró con la isla ya conquistada –salvo el castillo de San Felipe–, sus fondeaderos y posibles puntos de desembarco tomados, y el acceso a Mahón y al propio castillo cerrado por la flota francesa.
No voy a detallar el apasionante combate –no hay espacio–, pero la conclusión de los expertos es, que la actuación de ambos jefes fue la correcta considerando las circunstancias. El francés hizo lo que quiso –llegó antes y eligió sitio– y el inglés hizo lo que pudo, en cualquier caso, ambos hicieron lo que debían hacer, resultado tablas. La decisión adoptada por Bing de dirigirse a Gibraltar, reparar los buques y reforzar su defensa, fue la correcta.
El Gobierno en Londres conocía con antelación la intención de Francia de tomar Menorca, pero sus intereses y preocupaciones iban por otro lado. La misión encomendada a Bing estaba fracasada desde antes de iniciarse. Cuando Bing llega a Gibraltar tras el combate, se encuentra, además de la comunicación de su ascenso a almirante, otra que lo cita como arrestado para dar explicaciones ante el almirantazgo.
Se dieron todas las características que ahora están tan de moda, testigos ocultos, declaraciones falsas, filtraciones a la prensa, y sobre todo una animadversión interna que hizo posible que alguien con su trayectoria y hoja de servicios, además, de miembro de la cámara de los lores, fuese condenado por el almirantazgo. En el Consejo de Guerra no fue acusado de cobardía, sino de «no haber hecho todo lo posible contra el enemigo», argumento ambiguo y sin fundamento. Fina es la línea que separa el valor de la temeridad, el juguete es prestado, no te digo ya las vidas de los que van en él. Como parte del juego, la propia sentencia pedía clemencia para el condenado; pero para sorpresa de todos, el parlamento eleva al Rey la sentencia aconsejando denegar el perdón. Trataba con ello el Gobierno de tapar y acallar el sentir popular –la causa fue muy mediática– que le acusaba de despachar una misión sin los medios adecuados permitiendo con ello la pérdida de Menorca.
Bajo un cielo plomizo, el puerto de Portsmouth estaba lleno de pequeñas embarcaciones desde las que los capitanes de los distintos barcos asistieron obligatoriamente a la ejecución. Con uniforme de gala y portando todas las condecoraciones caminó erguido, lentamente con dignidad recorrió el pasillo que formaban dos filas de sus antiguos soldados que presentaban armas, al llegar a toldilla con una leve inclinación de cabeza saludó a los presentes y acercándose al punto donde había un cojín sobre serrín esparcido, se arrodilló ante el pelotón. Él mismo se vendó los ojos.
P.D.: Almirante inglés que perdió Menorca, dice el buscador, del anciano y alcohólico Blakney ni pío. Curioso