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Una gran vergüenza

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Ciertamente, todo el conjunto del llamado ‘caso Koldo’ es una vergüenza. Pero debo decir que nunca, en mi ya larga vida de comentarista parlamentario, había asistido a nada semejante a la sesión de la ‘comisión Koldo’ ante la que compareció este jueves el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Senado.

Casi -ojo, que digo ‘casi’- ninguno de los portavoces, comenzando, claro, por el propio presidente del Gobierno, se libró de incurrir en la vergüenza. Acudir a una comisión de la Cámara Alta de nuestro Parlamento para calificarla de «circo» o de «comisión de frustración», reírse con displicencia ante algunas preguntas (a las que no se responde) no es un buen ejemplo. Sánchez pasó, sí, un mal rato, y se le notaba, pero trató de no perder los nervios. Aunque sí perdió la compostura, por ejemplo, cuando se refirió, sin venir a cuento, a «Feijoo, el amigo del narco».

Pero también he de destacar el pésimo papel de algunos interpelantes de la oposición, comenzando por el portavoz popular, el fiscalista Alejo Miranda, empeñado en imponer a voces su discurso, -sin duda faltón y a veces grosero- a los intentos de responder (o lo que fuese) del presidente. Y al que tampoco supo, ni quiso, poner un cierto freno el presidente de la comisión, el ‘popular’ Eloy Suárez.
Todas, todas las vergüenzas salieron al aire: las prostitutas favorecidas por el ‘abalismo’ (o el ‘koldismo’), los negocios del suegro de Sánchez, las actividades de la mujer del presidente y de su hermano, el cobro en metálico por no sabemos bien qué...

Sánchez se aferró a la declaración de su inocencia y, en general, a la probidad de la financiación de su partido, el PSOE, mientras esquivaba respuestas concretas a casos nunca bien aclarados, como el de la venezolana Delcy Rodríguez y un largo etcétera.

El presidente Sánchez aprovechó para liquidar viejas cuentas pendientes (manteniendo, eso sí, el tono aparentemente moderado): con el instructor de la causa de su mujer, el juez Peinado; con «los pseudodigitales y las tertulias» que mucho se ocupan de los casos que a él tanto le molestan e irritan; con Isabel Díaz Ayuso, a la que citó en numerosas ocasiones en relación con el caso del hermano de la presidenta madrileña y la compra de mascarillas durante la pandemia.

Lo dicho, una vergüenza de cinco horas de duración. Fue ese ‘circo’ una tortura moral para los centenares de miles de personas que buscan honradez y sentido común en la vida pública y seguían en directo la retransmisión de una sesión parlamentaria en al que quedó, a mi juicio, perfectamente reflejado el estado ético y estético de esta citada vida pública.

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