Pocas cuestiones hay en España tan indiscutibles como las pensiones. Escuchamos a menudo protestas porque las mujeres cobran menos, porque a los autónomos les queda una jubilación de mierda, porque se discrimina a uno u otro sector. Tonterías. Uno cobrará la pensión que haya cotizado. No hay más: cuántos años has cotizado y cuánto dinero has pagado durante toda tu vida laboral. Por eso me sorprende que los autónomos se hayan puesto en pie de guerra cuando desde el Gobierno les han invitado a mejorar sus cotizaciones con vías a disfrutar en el futuro de una pensión de jubilación más generosa. Ahora lo que perciben de media son mil euros, frente a los 1.600 de media de los trabajadores por cuenta ajena. La mayoría ha preferido siempre pagar el mínimo, aun sabiendas de que llegado el momento de cerrar el negocio tendrán que conformarse también con lo mínimo y de recibir beneficios sociales mucho menores. Me parece razonable en los empresarios que logran acumular grandes patrimonios de los que obtener después rentabilidad, pero en quienes viven al día es un riesgo enorme. Ya sabemos que en este país donde las oportunidades escasean son miles los pequeños negocios que subsisten a duras penas y que precisamente se mantienen vivos para poder rascar al final de la vida una pensión con la que sobrevivir. Lo han hecho durante décadas miles de mujeres con la clásica mercería de barrio. Un sistema disfuncional que no refleja más que la precariedad y la debilidad del tejido productivo español. Es probable que una vez que se retire esa generación de pequeños comerciantes ese estilo de vida desaparezca. Hoy en día, con los impuestos y los alquileres que se pagan, es impensable sostener un negocio que no da.
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