En toda sociedad viva y activa existe una constante preocupación por recuperar su historia popular, esa que alimenta la conciencia colectiva y el sentido de pertenencia de un pueblo. Siempre he creído que con la llegada de la democracia se potenciaría el conocimiento sobre nuestra historia más cercana. Ya lo advertía el profesor Josep Fontana, aquel 10 de noviembre de 1979, cuando en el hotel Capri de Maó nos hablaba de la importancia de organizar talleres de historia en los que maestros y alumnos trabajasen juntos para recopilar la memoria popular y difundirla entre los sectores más comprometidos.
Fue una auténtica lección. Fontana desconfiaba abiertamente de quienes creían que ser historiador consistía únicamente en tener un diploma colgado en la pared. ¡Cuánto aprendimos de aquel maestro! Tal vez por eso hoy puedo pensar libremente y no aceptar sin más cualquier relato sobre Menorca. Callar ante ciertos silencios solo contribuye a reforzar la versión de la historia escrita desde una sola perspectiva: la de los vencedores.
Revisando los diferentes escritos de los 75 años del Diario MENORCA, se hace evidente la escasa sensibilidad de algunos historiadores al describir lo que verdaderamente fue la Menorca de 1939 a 1965. Una visión que ignora las consecuencias de la guerra civil sobre miles de familias, el exilio de sus seres queridos o las penurias de quienes quedaron atrás. Ni una palabra sobre los menorquines que padecieron los campos de concentración nazis, ni sobre las humillaciones que sufrieron los niños en las escuelas o las familias que, en la clandestinidad, mantenían viva su fe evangélica y ayudaban a los presos políticos con lo poco que tenían.
Toda esa historia, la de los silenciados, sigue pendiente de ser recuperada. Está en manos de las nuevas generaciones dedicar tiempo a investigar, leer y viajar para rescatar los nombres y las vidas de menorquines olvidados por los libros oficiales. Porque, no nos engañemos, aquí muchos preferirán seguir callando.
Un ejemplo lo encontramos en los estudios de la profesora Irene Castells Oliván sobre el general José María Torrijos. Gracias a su investigación conocemos mejor el levantamiento de 1831 y los fusilamientos en la playa de San Andrés, en Málaga, donde Torrijos fue ejecutado junto a 52 compañeros. En la lista de fusilados publicada por «La Gaceta» figuraban varios menorquines: Francisco de Munde, José Olmedo, Esteban Suau i Feliu, José Triay Mercadal, Pablo Castells Pulicer y Miguel Prats Preto, todos ellos de Maó. Resulta llamativo que en una isla tan pequeña y con tan pocos habitantes en el siglo XIX se haya perdido casi por completo el recuerdo de aquellos hechos.
Una investigación más profunda habría revelado que muchos de ellos pertenecían a familias ilustradas, con buena posición económica y vínculos con la masonería, que defendían una España más libre, sin absolutismos ni monarquías tiránicas sostenidas por la represión, la oligarquía y una Iglesia que perseguía las corrientes reformistas europeas.
La historia de Menorca merece mayor atención en la enseñanza. Si los responsables políticos tuvieran una sensibilidad más profunda hacia nuestro pasado, impulsarían la investigación y la difusión de esta historia viva, diversa y compleja. No se trata de cederlo todo al «santón de turno», sino de promover nuevos trabajos con rigor científico, espíritu crítico y trabajo en equipo. Observando esta situación tengo que reivindicar a Gabriel Cardona, exmilitar, profesor, intelectual e investigador de la Historia militar, una referencia para comprender como la corrupción ha estado siempre presente desde el siglo XVIII en toda España con la conexión de las milicias, la iglesia y la monarquía.
Hoy, lamentablemente, observamos como algunos se limitan a leer, copiar, pegar y escribir. Pero el futuro de la historia de Menorca exige algo más: exige pensamiento, compromiso y verdad.