El novio de Ayuso afirma que o se va de España o se suicida. Así, con toda su jeta. Como si quitarse la vida fuera una especie de broma casual, un recurso de telenovela barata o una carta de fuga para limpiar su buen nombre. Dar penita es un práctica bastante común entre estos individuos que se han afanado en enriquecerse a costa del ciudadano. Él mismo confesó su delito y ahora se ha sumado a la táctica de la misericordia, la táctica de los que no tienen vergüenza. El país sigue sumido en problemas reales y aparece un fulano que dramatiza como si le hubieran robado la inocencia. Además, nos advierte que si sigue vivo se marchará de aquí, como si el exilio fuera un castigo y no una oportunidad de librarnos de su presencia. De paso que se lleve lejos a su pareja con él.
No es grave su lloriqueo en público, sino la frivolidad como trata un asunto tan serio como el suicidio, esa ligera obscenidad con que transforma su caso en un argumento de defensa. Miles de familias pierden a seres queridos por este motivo y este truhán de tres al cuarto trata de realizar una extorsión emocional, lo cual es una falta de dignidad tan grande como su ego. Pero no está solo. Ahí aparece el inefable Miguel Ángel Rodríguez, el eterno fontanero del PP. Un maestro de bulos e insultos. Reconoce su mentira y se queda tan ancho porque para él la manipulacion no significa nada. Y aún pretenden ambos dar lecciones de moralidad. El novio llorando, el asesor riendo desde su despacho a mandíbula batiente. La derecha madrileña sabe victimizarse mejor que nadie. La impunidad da más rendimiento que la honestidad.
Mientras tanto, Ayuso permite que el ruido tape la verdad porque su entorno se ha convertido en una suerte de reality: entre el drama fingido y la estrategia de manual. Seguramente no se irán de España, pero ya se fueron hace tiempo de la realidad del país. Y lo peor es que todavía creen que son los demás los que no entienden nada.