De vez en cuando, la moviola manejada por quienes tienen en sus manos los hilos de nuestra existencia, se ponen en marcha para que no olvidemos determinadas fechas o determinadas personas ya desaparecidas y que en determinados momentos destacaron por hechos importantes. Normalmente suelen ser personas que fueron buenas y acciones que destacaron por resultados positivos para la comunidad. Otra cosa es si esa bondad atribuida fue solo cara al exterior. Todos conocemos casos de alguien que fue en privado un auténtico cafre pero que al fallecer se le califica como de buena persona.
El tiempo borra las huellas del pasado y precisamente, esos días, fueron creados para que las obras no caigan en el total olvido. Los que sí existen pero que dudo lleguen a dejar la suficiente huella para ser recordados y que provoquen nuestras lágrimas el día que desaparezcan, son los «tontos del haba». Es esa generación que normalmente nada entre dos aguas, que su obras y sus palabras intentan ahogar las libertades de sus vecinos, individuos muchos de ellos incrustados en la vida política cuya misión es más destructora que creadora. El tonto del bote no suele destacar entre quienes lo conocen porque ya les han tomado el número y de qué pie calzan. Afortunadamente esos jamás tendrán su día internacional, afortunadamente para el resto de mortales.