En lo que va de año, los europeos hemos recibido tres avisos, procedentes de fuentes distintas, que nos sugieren que algo estamos haciendo mal y que algo habría que hacer. El primero viene de Estados Unidos, el segundo de la propia Europa y el tercero de nosotros mismos. Vayamos por orden.
El primer aviso procede de EEUU, dado en varias ocasiones por su presidente: que la prosperidad de Europa, y su futuro mismo en la escena mundial, han dejado de ser una prioridad para la política exterior de EEUU. Se han acabado, por consiguiente, los años felices en que Europa se aprovechó de los EEUU, tanto militar como económicamente. Podríamos responder, con cierta razón, que esos años fueron pocos, porque la ayuda económica se centró en el Plan Marshall y en la condonación de la deuda alemana. Pero ahorrémonos la respuesta, y atendamos a la declaración. Los aranceles impuestos por EEUU a productos europeos harán más daño al consumidor norteamericano que al productor europeo, pero no son una buena noticia para este. Además, una nota no escrita a la declaración diría que se da por descontado que Europa seguirá sin chistar a EEUU en su política exterior, pero esta vez a cambio de nada. La consecuencia inmediata de esa declaración es la necesidad de que Europa se dote de una fuerza militar autónoma lo antes posible.
La declaración viene seguida por un diagnóstico, en boca del vicepresidente Vance, al que hay que prestar atención: los enemigos de Europa no son exteriores, sino que están dentro de la propia Europa. Uno puede discrepar de los enemigos que señala el vicepresidente, pero el diagnóstico es certero: la decadencia de los imperios (y Europa lo fue, no siempre bajo la misma corona) está precedida por una decadencia interna que los otros se limitan a aprovechar.
Ese es el corazón del segundo aviso, dado por Mario Draghi en su discurso de aceptación del premio Príncipe de Asturias: la Unión Europea no se ha adaptado a un escenario en el que la diplomacia no basta, al estar sustituida por el poder militar. Sin ese poder militar, Europa camina hacia la irrelevancia en la escena mundial, y los países miembros terminarán bajo la dependencia de alguno de los grandes actores. Ese camino hacia la irrelevancia está siendo elegido por los propios europeos. EEUU no nos ha ayudado al empujarnos a ampliaciones precipitadas de países de la antigua Unión Soviética que han terminado por enemistar a la Unión con Rusia. Pero los europeos no hemos sabido asimilar esas ampliaciones modificando la gobernación de la Unión; no hemos querido ceder competencias nacionales a unos órganos comunitarios carentes de legitimidad democrática. El resultado es una especie de confederación, una estructura demasiado débil para acometer las tareas de creación de una fuerza militar única con equipamiento uniforme, de un mercado de capitales menos fragmentado o de una red de ferrocarriles interconectada. Por otra parte, el crecimiento de los partidos nacionalistas más o menos xenófobos es muestra del rechazo que suscita una Unión Europea que no resuelve los problemas cotidianos de sus ciudadanos.
Draghi ofrece un enfoque nuevo para desatascar la situación, lo que llama «federalismo pragmático», que entronca con la vieja idea de la Europa a dos velocidades: formar consensos sobre proyectos concretos –defensa o tecnología son solo ejemplos- que tuvieran el consenso de algunos Gobiernos y pudieran actuar al margen de los mecanismos de decisión de la Unión, en los que la unanimidad tiene un peso que la hace ingobernable. Esta idea, de movimientos que surgen de la base y no son impuestos desde arriba, entronca con el tercer aviso.
Este nos lo dan nuestros vecinos valencianos, al recordarnos que son ellos, no las autoridades, quienes han forzado la dimisión de Carlos Mazón. Durante un año se han movilizado para crear una presión que ha terminado por ser insostenible, mientras su partido ha quedado paralizado por un cálculo electoral. Es una prueba de que nuestra democracia funciona, y un aviso a políticos que demoran decisiones urgentes -abordar la cuestión del agua, por ejemplo- entretenidos como están en sus cosas.