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No fue tan modélica

Yo participé en la Transición hacia la democracia

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A propósito de los 50 años de la muerte de Franco y la coronación de Juan Carlos, conviene recordar que la Transición no fue tan modélica ni tan pacífica como algunos pretenden.

Estamos asistiendo a una gran movilización con motivo de los cincuenta años de la muerte del dictador Franco, la coronación de Juan Carlos y la llamada Transición. Se multiplican los actos, tertulias, libros, documentales y preparativos para celebraciones institucionales.

Hace un tiempo, un director literario de una editorial madrileña me propuso escribir mis memorias, él haría la presentación y el prólogo. Le agradecí el interés, pero no lo vi claro. Relatar la historia que he vivido, y que también hemos sufrido en casa, no me resultaba fácil. Escribir una autobiografía obliga a abordar temas espinosos que pueden afectar a personas y familias, y también a enfrentarse con los propios errores. Muchos de esos ejercicios terminan convertidos en un narcisismo laureado.

La Transición española no puede entenderse como el resultado de un pacto entre unos pocos negociadores ni como la obra de una sola figura, la del rey Juan Carlos. Desde hace años se publican miles de estudios en todo el Estado que demuestran que aquel proceso fue también obra de la ciudadanía, de los movimientos sociales, de los sindicatos clandestinos, de los partidos y de los colectivos vecinales.

He leído con interés las aportaciones realizadas en Menorca —unas en publicaciones, otras en actos culturales o en artículos de este mismo diario—. Todas son valiosas, pero no bastan. Es necesario ampliar el conocimiento con otras lecturas y con el trabajo de investigadores e historiadores que permitan comprender de forma completa aquella etapa, y no quedarnos con los relatos orales que nos llegan. He seguido las I Jornadas de Historia Contemporánea del IME por internet y también asistí una mañana en persona. Unas jornadas muy acertadas para los tiempos que vivimos.

Desde mi jubilación, he podido profundizar en la historia de la derecha española a través de obras como las de Julio Gil Pecharromán, que arrojan luz sobre la evolución de esa corriente desde 1937 hasta comienzos del siglo XXI. También recomiendo «La conquista de la Transición», del democristiano Óscar Alzaga Villaamil, una lectura clave para adentrarse en las entrañas de la UCD.

Existe la tendencia a atribuir a Juan Carlos el mérito exclusivo de la llegada de las libertades. Es justo reconocerle el paso que dio, pero no fue fruto de una convicción democrática, sino de una necesidad política: mantener su posición como jefe de Estado ante el empuje imparable de las movilizaciones, manifestaciones y huelgas, mientras la violencia aumentaba y las fuerzas de seguridad mostraban su incapacidad. Estas instituciones eran rechazadas por gran parte de la sociedad y desprestigiadas en Europa.

Uno de los trabajos más completos sobre la Transición es «El final de la dictadura», de Nicolás Sartorius y Alfonso Sabio, una obra esencial para comprender aquellos años. Otros, como Sophie Baby en «El mito de la Transición», desmontan la idea de una transición ‘modélica’ y evidencian la violencia política de la época: no solo la de ETA, sino también la ejercida por sectores de las fuerzas de seguridad y del ejército reacios a la democracia.

Las conmemoraciones actuales parecen buscar ensalzar la figura del hijo de Juan Carlos, intentando tapar una etapa marcada por la corrupción e impedir desarrollar la Constitución para reconocer aun más la pluralidad y el derecho a decidir.

No es extraño que muchos colectivos sociales y culturales cuestionen esta democracia, en la que los poderes fácticos impidieron depurar a quienes practicaron la tortura y la represión. La sombra de la dictadura sigue siendo alargada. Así podemos observar el desprecio de esos autodenominados demócratas en rechazar la Memoria Histórica.

En junio de 1983 leí «La oposición al franquismo», del hispanista alemán Hartmut Heine, basada en su tesis dirigida por Paul Preston en la Universidad de Londres. Heine relata una resistencia heroica y desigual por parte de la izquierda organizada, especialmente de comunistas, anarquistas y socialistas. Es una lectura esencial para comprender los conflictos internos y los sacrificios que hicieron posible nuestras libertades.

También destaco La España en democracia, 1975-2011, coordinada por Xosé M. Núñez Seixas, con aportaciones de Lina Gálvez y Javier Muñoz Soro. Una obra que recorre las etapas de la UCD, los gobiernos socialistas (1983-1996), la era de Aznar (1996-2004) y la de Zapatero (2004-2011).

Hace unas semanas tuve la satisfacción de ser obsequiado con la tesis doctoral de la historiadora Beatriz Sánchez Socias, cum laude, titulada «La Transición política a la democracia y su influencia en la autonomía balear (1975-1983)». Se trata de un trabajo exhaustivo y riguroso que analiza en profundidad los procesos políticos, sociales y culturales desarrollados en los distintos ámbitos de las islas durante el periodo de la Transición.

Esta investigación constituye, sin duda, un referente fundamental para futuras aproximaciones historiográficas al estudio de la democratización en el ámbito balear. Su aportación resulta esencial para comprender las dinámicas locales que contribuyeron a la configuración de la autonomía y a la consolidación del sistema democrático, elementos decisivos para seguir reflexionando sobre nuestro presente y proyectar con mayor conciencia nuestro futuro colectivo.

Podría seguir comentando muchos otros libros sobre el franquismo y sobre la historia contemporánea del siglo XX. Desde mi jubilación, he ido reuniendo —gracias a los regalos y al tiempo que ahora me concede la vida— una colección de obras que me ha permitido mirar con más claridad los procesos políticos y económicos que se han sucedido desde finales del siglo pasado hasta hoy, con figuras como Trump en la presidencia de Estados Unidos marcando el rumbo de una nueva era de incertidumbre.

Autores como Tony Judt, Josep Fontana, Ian Kershaw, David Uclés, Eric Hobsbawm o Timothy Snyder, entre tantos otros, han ido iluminando mis lecturas y, sobre todo, mi conciencia. Gracias a ellos he podido entender, aunque sea de forma fragmentaria, la compleja red de causas y consecuencias que nos ha traído hasta este presente convulso.

No es miedo lo que siento, sino una honda impotencia. Impotencia ante esa marabunta que avanza sin rumbo claro, empujada por la desinformación, el fanatismo y la indiferencia. Leer sobre el pasado me ha hecho comprender mejor el presente, pero también me ha dejado la amarga certeza de que, aun conociendo los errores, seguimos tropezando en las mismas piedras.

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