Uno ha ido aprendiendo, con el tiempo, a desconfiar del alboroto que arman, súbitamente, los gobiernos en torno a actividades, posibilidades y derechos naturales y evidentes que, estando ahí calladamente desde hace ya bastante, ni preocupaban ni molestaban a nadie. El jaleado «derecho a volar», de cuya cartelería todavía quedan algunos jirones en los ángulos muertos de las salas de los aeropuertos, significó el preámbulo de toda una tremenda serie de pequeñas torturas, humillaciones y malentendidos previos al hecho simple y habitual de montarse en un avión. El anuncio del derecho a la vivienda ha precedido al mayor déficit de la misma que hayamos vivido nunca. Nunca se ha limitado tanto nuestro acceso a nuestro patrimonio cultural o medioambiental como desde que se nos obliga a comulgar con la reiterativa y evidente verdad de que lo común es de todos.
Ha acabado la cosa por resultar detectable. Es mejor que el gobierno no diga nada, a que empiece a reconocerte determinados derechos y libertades. ¡Como si uno los tuviese y disfrutase gracias a su magnanimidad! ¡Como si no se hubiesen conseguido a través del sufrimiento y el trabajo de generaciones y generaciones de esforzados ciudadanos! Los apaleados autónomos, las desdichadas pequeñas empresas o los sufridos comercios a pie de calle solo sueñan con pasar desapercibidos y tiemblan ante la idea de que los mandamases, posando sobre ellos su augusta y benéfica mirada, les impongan la miríada de regulaciones y restricciones que acompañan al manto de su benefactora protección.
No es de desdeñar, por otra parte, el bonito efecto colateral que persiguen nuestros jefazos al solapar con un dulce repaso de nuestros derechos más básicos y asentados, los nuevos y tremendos controles y prohibiciones que tendrán lugar en otros campos: así, usted podrá elegir su propio sexo, pero tendrá su coche geolocalizado en todo momento; usted podrá clavarle otra lanzada al moro muerto de Franco, pero tendrá que enviar cada factura a hacienda antes de negociarla siquiera con su cliente; usted podrá apuntarse, desde su casa en la ciudad, a un grupo de vigilantes del campo, pero tendrá que digitalizar cada pescadito que pique en su anzuelo; usted podrá dejarse la voz como partidario de un bando en guerra, pero tendrá que dar todo tipo de explicaciones sobre un meme particularmente incisivo.
Nuestro gobierno actual ha decidido ofrecernos un repaso de las cosas que aún podemos hacer y que por ahora no han sido toqueteadas por sus peligrosas manos. Parece generoso cuando en realidad le resulta meramente gratuito el hecho de concedernos lo que ya teníamos. Ya podíamos opinar o no opinar, ya podíamos creer o no creer, ya podíamos ser o no ser, ya podíamos querer o no querer… ¿Qué pretende sugerirnos con esta enunciación de poder o no poder? ¿Acaso la conformación del gabinete actual es la única capaz de mantener nuestro poder? ¿O de mantener el suyo? ¿Tal vez piensan en volver a regular hasta lo más básico? La verdad, solo cabe esperar que no hagan después otro anuncio con el sugerente título de la novela de Hemingway de 1937 «Tener o no tener», porque podríamos llegar a considerar quién tiene o no tiene vergüenza.