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Alumbramiento

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Cuando acabo de escribir el texto, desando lo andado sobre la página, para encontrar el origen de mis palabras. Intento, con ello, recordar el dónde, el cómo y el porqué del inicio de este texto. Tanteo con autocritica los pasos dados por mis dedos para desenredar el sendero que han recorrido las frases que, con sus artilugios ortográficos han formado este río de las letras. Cruzo puentes de piedra entre las orillas tabuladas y sigo la voz del agua, el susurro del viento entre las cañas y los sauces que se mecen sobre el papel.

A medida que abandono la planicie de las frases tópicas hablando de los problemas de siempre, me adentro en un silencio más íntimo, un murmullo interior que me aconseja desviar la mirada de las podredumbres de este mundo para describir escribiendo un instante amable; curioso por averiguar qué puedo decir sin temor a perturbar la calma matinal de quien me pueda estar leyendo y, al mismo tiempo, infundir un poco de imaginación a estas líneas de apariencia periodística. Que no lo son.

Sigo pues, con mis ojos ensoñados, el curso del hilito de mi voz caligrafiada. Perfilo meandros estilísticos por donde doy rodeos placenteros con usos delicados del lenguaje y descubro playas de finos arenales de pensamientos o rincones musicados por balbuceos de cantos rodados por el tiempo.

Perseverante en mi propósito por descubrir el alumbramiento de este texto, dejo que mi olfato se inunde en la densidad de cierta humedad emocional y selvática, la que se desprende de mi paseo entre zarzas para encontrar la fuente de mis razonamientos anudados por silencios de espacios vacíos.

Mientras escribo, la tarde va a la deriva, la luz declina, un sol lejano salpica las nubes de colores rosados y tintes perlados. La oscuridad enfría el día y la noche alza un telón de estrellas. Avivo mi paso y, de repente, en lo profundo de mi bosque mediterráneo percibo el canto de una fuente que gotea sin descanso. Palabras cristalinas surgen del interior de mi tierra musgosa y mis huesos de roca viva.

Entre la fronda, un pedacito de cielo secuestra mi mirada de agradecimiento al comprender que todo lo que surge aquí abajo, viene de allí arriba. Sobre el papel dibujo una sonrisa que, a menudo, cuando escribo, tiño de lamentos y tristeza. Pero hoy no, hoy no tocaba eso. Aquí lo dejo.

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