A un añorado amigo, maestro que fue, hombre de modales, que ayudaba sin ser llamado, le debía esta charla... «Es Diari» me avivó la deuda por un suelto reciente, que apuntaba recortes en la asignación para el vestuario de unos funcionarios. Me acordé entonces de un suceso atribuido al general Francisco J. Castaños [1758-1852] cuando, en una recepción navideña, se vistió con su uniforme de estío, pese a ser un día gélido. Fernando VII al verlo de esa guisa le preguntó por qué vestía el uniforme de verano con el frío que hacía, a lo cual, Castaños, tirando de sutil ironía alegó: «Acabo de cobrar la paga de verano...». Suma elegancia en decirlo todo, sin decir nada.
Retuve esa ocurrencia de Castaños, porque el hogar de tan añorado amigo acogía, en lo alto de la confortable sala de estar, una magnífica copia del conocido óleo de 1864 –La rendición de Bailén–, debido a José Casado del Alisal. La reproducción muestra el besamanos de esa capitulación, tras la batalla de Bailén [1808], entre Castaños, vencedor humilde, y el derrotado Dupont, ‘ganador de cien combates…’ En el «¡Ay de los vencidos!» cabe añadir nuestro portuario Lazareto, para 381 presos en cuarentena, y la isla de Cabrera, para miles de galos; con sus infortunios... Castaños, que también había intervenido en la conquista de Menorca [1782], quiso para sí un funeral sencillo, y legó sus exiguos 47 duros a familias necesitadas. De nada se aprende más que de los recuerdos de amigos.