Habría sido una conmemoración lógica y esperada, oportuna incluso, porque la muerte del general Franco supuso un punto de inflexión en la historia de la España contemporánea, después de la Guerra Civil. Fue el fin de la dictadura que abrió paso a la transición diseñada y ejecutada con loable discreción y eficacia por el rey Juan Carlos, Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez para transformar las leyes del Movimiento en la antesala de la Constitución, sin sangre ni enfrentamientos civiles, a excepción de los execrables asesinatos de ETA.
Sin embargo esa fecha, el 20 de noviembre, que ayer coincidía con los 50 años de la muerte del dictador, ha quedado despojada del alcance que merecería, especialmente para las nuevas generaciones, jóvenes y adultos que han sabido del franquismo, por la permanente recreación de los últimos gobiernos de izquierda, peligrosamente empecinados en acentuar la bipolarización de ‘rojos y fachas’ más que en destinar energía y recursos para salir adelante.
Esa constante referencia a Franco y al franquismo, leyes de memoria democrática y demás iniciativas cuestionables para denostar los años de dictadura y represión están teniendo un reflejo contradictorio. Encuestas de medios nacionales, incluso la del CIS, denuncian que un amplio sector de la juventud aprueba un régimen autoritario, con un incremento de 7 puntos respecto a hace 25 años, en detrimento del modelo democrático.
Hay un fracaso de la clase política, incapaz de trasladar los valores de la democracia para eliminar cualquier atisbo de duda respecto a aquellos 40 años. La desazón por la realidad que les rodea, impregnada en la corrupción del poder, sumada a la falta de expectativas por las dificultades para emanciparse y dar con un trabajo que se corresponda con la formación adquirida están provocando esta extraña deriva que llega a valorar medidas del régimen anterior que ya habían sido reconocidas entonces por muchos españoles, luego reconvertidos en antifranquistas.