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Levantando el velo

Recuerdo y memoria: yo estaba allí

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Corría el año 1975. España vivía un período espeso, cargado de tensiones acumuladas durante décadas, aunque en la superficie aparentara una calma pétrea. Yo cursaba el último año de magisterio, especialidad ciencias sociales y humanas en la Escuela Manuel Blasco Vilatela, clasificada como experimental, junto con la carrera de maestro instructor en Educación Física en la Academia Nacional José Antonio.   

Los fines de semana me iba a Palomeras Altas, junto al Pozo del Tío Raimundo, enclave modesto y combativo de aquel Madrid periférico que bullía de vida, de inquietudes sociales y de espiritualidad de base. Me alojaba en una chabola y dormía en una cama plegable entre el olor del gas, el frío que se colaba por las rendijas y el calor humano que compartía con dos franciscanos: el padre Garí y el padre Rojo, y que en el curso 1976-1977 se convirtió en mi morada. A pocas calles, el padre Llanos seguía siendo referencia moral y social, y el obispo Iniesta —el «obispo rojo»— contrastaba públicamente con Guerra Campos, símbolo del ala más conservadora. Aquella convivencia de diferencias era el espejo anticipado de la España que vendría.

Joan Huguet en un aula (barracón) con niños de inmigrantes en Palomeras Altas.

Foto de archivo Joan Huguet

En ese contexto vital tuvo lugar el fallecimiento de Franco, aquel 20 de noviembre de 1975. Un acontecimiento histórico que aún hoy levanta pasiones y controversias. Gracias a la Ley de Memoria Democrática, su figura es hoy revisada desde miradas muy sectarias: para unos, la izquierda moderna y revanchista un dictador sanguinario; para otros, parte de la derecha nostálgica, un protector de la Iglesia frente a la persecución vivida durante la II República y la Guerra Civil. Pero entonces, en el fragor del presente, la lectura moral no era tan nítida. Lo que dominaba era la incertidumbre: el país perdía al hombre que lo había gobernado durante casi cuatro décadas, y nadie sabía qué ocurriría a partir de ese instante.

Yo, que por aquellos años lucía una melena que hoy se ha transformado en una calva lustrosa —pero igualmente digna—, decidí salir a la calle movido por una mezcla de curiosidad, intuición histórica y el simple deseo de ser testigo. Sentía que la historia estaba ocurriendo a mi alrededor y no quería que nadie me la contara en segunda mano.

Tomé el metro y me acerqué hacia la Plaza de Oriente y los alrededores del Palacio Real. Aquella zona, habitual escenario de adhesiones al régimen, estaba sumida en un silencio extraño, casi sagrado. No encontré tumultos, ni gritos, ni celebraciones encubiertas. Nada de eso. Lo que dominaba era una quietud que se podía cortar con un cuchillo. Se respiraba tensión, pero también respeto. Era como si el país entero, de manera colectiva, hubiera decidido hablar bajito para no despertar viejos rencores.

La pregunta flotaba en todas las conversaciones, incluso en las que no se pronunciaban: «¿qué va a pasar ahora?». Y era lógico. Unos temían que se perpetuara el régimen sin Franco. Otros, que estallara un conflicto. Y la mayoría silenciosa, sencillamente, deseaba que nada volviera a romperse. Ni familias, ni amistades, ni calles, ni la convivencia.

Porque, aunque no siempre se diga, tanto los inamovibles del franquismo como los rupturistas radicales del Partido Comunista -los socialistas no estaban ni se les esperaba-,    estaban lejos de representar al conjunto del país. La mayoría de los españoles no deseaba regresar a la fallida Segunda República ni a la tragedia de la Guerra Civil, pero tampoco quería prolongar indefinidamente el franquismo. El pueblo español —que ya había sufrido demasiado— ansiaba paz, libertad y democracia. Deseaba poder mirar al futuro sin miedo. Y, aunque aún no lo sabíamos, esa aspiración silenciosa sería la verdadera fuerza que impulsaría la Transición.

Aquel día, sin embargo, lo que más me sobrecogió no fue el silencio de las calles, sino las colas interminables que se formaron espontáneamente    para despedir al general. Durante más de cincuenta horas, decenas y decenas de miles de personas esperaron pacientemente para entrar al Palacio Real. Las cifras varían, pero las estimaciones sitúan entre 600.000 y un millón los ciudadanos que pasaron frente al féretro. Era una auténtica marea humana silenciosa y solemne. Es posible que muchos comprendieran la magnitud del momento, al menos yo, sin pasar frente al féretro, así lo viví: era el final literal de una era.

Y después vino lo que hoy conocemos como la Transición: ese proceso tan alabado como discutido, pero inevitablemente admirable. Un milagro civil y político llevado a cabo por personas profundamente distintas entre sí, muchas de ellas enemigos ideológicos irreconciliables durante décadas: el rey Juan Carlos —sin duda, el gran protagonista—, Adolfo Suárez, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Marcelino Camacho, Nicolás Redondo, Felipe González, Miquel Roca, Torcuato Fernández-Miranda y tantos otros nombres que la lista se haría interminable. Todos cedieron para que España ganara. Todos renunciaron para que la libertad fuera posible.

Fruto de aquella generosidad colectiva nació la Constitución de 1978, la única elaborada por consenso real en toda nuestra historia contemporánea, y la única votada por los españoles en referéndum. Una Constitución de todos y para todos.

Por eso, mirando atrás desde la serenidad que da el tiempo, quiero acabar este recuerdo con una llamada firme, sincera y necesaria: los políticos de hoy no tienen ningún derecho a destruir, manipular o desgarrar la obra de concordia que supieron tejer aquellos hombres y mujeres que, siendo tan distintos y procediendo de posiciones tan distantes, pusieron por delante el bien común.

Nuestra democracia, con todos sus defectos, es un legado construido con sacrificio, valentía y sentido de Estado. Les corresponde —nos corresponde— cuidarla, fortalecerla y honrarla. Porque muchos lo vivimos. Y porque España ya sabe lo que ocurre cuando la concordia se rompe. No lo estropeemos.

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