La sinceridad tiene biografía propia. En mis años niños me enseñaron a ser totalmente sincero en el confesionario; bajo garantía de secreto total, podía decirlo todo. En mis años mozos, me sugirieron que en el círculo restringido de mis mejores amigos podía echarlo todo, los amigos íntimos eran los receptores más indicados. En mis años treintañeros me hablaron de otro sitio para ser totalmente sincero, el sofá del psicoanalista. Debía haber traspasado ya los cincuenta cuando, estando yo en país extranjero, un sujeto al que yo no había visto nunca ni logro ahora recordar su nombre, me echó encima todo su interior altamente escabroso; lo dijo todo susurrándolo, estando los dos a solas.
Pasaron más años. Ahora mismo, lo que hoy sigue llamándose sinceridad ha cambiado espectacularmente; no escoge el tono bajo, sino la megafonía a todo volumen; quien siente necesidad de desnudarse ya no busca un despacho profesional o un rincón amiguero, busca hacerse sitio en Tiktok; no busca un dónde sincerarse, busca un dónde pavonearse y así «famosearse». ¿Es todavía eso sinceridad o su nombre es desfachatez? La exhibición descarada parece ser hoy una orden postmoderna de obligado cumplimiento. En fin, para conocimiento de todos quienes utilizan medios públicos para sus innecesarios desahogos íntimos, no sé si viene o no a cuento la cita literal de Bernard Shaw: «es peligroso ser sincero si no se es también estúpido».