Estamos hechos de obligaciones y aficiones. Cada uno que haga examen de conciencia y conocerá las suyas. Las primeras, no siempre las cumplimos; a las segundas, no siempre podemos dedicarles tiempo suficiente. Las primeras suelen tener más peso, las segundas son ligeras. Si imaginamos a una persona cualquiera sin obligaciones, se la llevaría el viento. En cambio, sin aficiones la vida sería pesada, aburrida e insoportable.
El que no cumple con su obligación es irresponsable. Puede que por pereza o cobardía, muchos intenten escaquearse. Creen que pueden librarse del reproche social o el de su propia conciencia, aunque huir o evadirse del deber, tarde o temprano tiene consecuencias.
La mayoría de obligaciones, no nos las imponemos nosotros, algunas sí. En exceso nos agobian. También nos rebelamos contra las que vienen de fuera y consideramos injustas. Cuando cumplimos con nuestra obligación nos sentimos bien. Tenemos la conciencia tranquila. Beneficiamos a los demás. En nuestra sociedad, somos hipersensibles a los derechos, pero poco dados a los deberes.
En cambio, tenemos muchas aficiones. Unas más sanas que otras. Que cada cual piense en las suyas. Porque la vida es eso, la combinación o respuesta que damos a lo que tenemos que hacer y a lo que queremos hacer. Y como la vida es quehacer, dijo el filósofo, vamos construyendo la nuestra, a base de variadas tareas y felices ocupaciones.