El presidente de una gran tecnológica declara que en pocos años habrán desaparecido la mayoría de los primeros empleos para los recién graduados de Universidades y Escuelas técnicas. Un ejemplo imaginario ilustra cómo puede eso ocurrir.
Empecemos con una pequeña empresa en un pueblo, o en una pequeña ciudad. El dueño -es una empresa familiar- vive en la ciudad y tiene contacto diario con sus empleados, en la fábrica y en la calle. Miembro de una comunidad, sabe lo que un despido significa: tiene un alto coste personal, para el trabajador y para él mismo, porque quiere seguir saludando a sus vecinos . Recurrirá a instrumentos de IA para ayudar a los empleados; si la IA se encarga de algunas de sus tareas, mirará de recolocarlos en otras más creativas: quizá dejen de contar facturas para entrar en contacto con nuevos proveedores o clientes. Mantendrá abierta la entrada a recién graduados, que le mantendrán al día de cambios tecnológicos. Mayor coste hoy, mayor beneficio mañana.
La empresa crece. Una ampliación de capital necesaria para ampliar la gama de productos da entrada a nuevos accionistas. El Consejo de Administración decide profundizar en la implantación de IA. Se pregunta por el impacto sobre el personal. El Director General da cifras. Algún consejero insiste sobre la necesidad de dar un dividendo adecuado para atraer más capital. El Consejo decide suprimir los puestos de dirección de departamentos, ya que un algoritmo de IA permite la asignación automática de tareas a empleados y trabajadores. Sólo el dueño, hoy presidente, reside en la pequeña ciudad donde está la sede de la empresa.
Necesitada de más capital, la empresa acude a socios financieros, un fondo de pensiones entre ellos. Los debates del Consejo se centran en la cuenta de resultados. Los empleados son ahora un renglón de la cuenta de explotación que se interpone entre los ingresos y el dividendo posible, que es lo que se trata de maximizar. La IA tiene ahora funciones de monitorización de los empleados: control de entrada y salida, de presencia física y de uso de ordenadores y móviles. El Consejo de Administración se reúne sólo una vez al año en las oficinas de la fábrica, y la sesión termina con una vuelta por las instalaciones, antes de la comida. La nueva presidenta, hija del fundador, vive en la capital.
Todo lo anterior es una caricatura plausible de lo que puede producir la evolución del uso de IA en la organización de la empresa. Puede que la evolución de una empresa, apoyada en el desarrollo de la IA, siga esas pautas. Es difícil prever lo que ocurrirá con empleos y salarios. No hay que prever caídas catastróficas del empleo como las que la globalización provocó en algunos sectores de las economías de Occidente, sí hay que contar con cambios lentos, pero persistentes. Los cambios en la organización serán más frecuentes de lo que solían ser en el pasado inmediato, el proceso destruirá unos empleos y creará otros, sin que sea posible saber cuántos. ¿Los salarios? Imposible saber detalles, aunque una tendencia puede confirmarse, si nada cambia: el peso de los salarios en el total seguirá disminuyendo. Sí hay algo, bien real, que nuestra caricatura ilustra: la pérdida del contacto humano en la empresa y la destrucción progresiva de la comunidad, la pequeña ciudad que vio nacer la empresa de la que la ésta formaba parte.
El proceso ¿es inevitable? No debe serlo, ya que es fruto de decisiones humanas: el dueño, los accionistas, los inversores. Pero aquí surge otra pregunta: ¿Qué fuerza superior les motiva a tomar decisiones que parecen perjudicar a tantos? «Es la competencia», dirán unos. Pero ¿es la competencia la única relación posible entre humanos, o por lo menos en la esfera económica? La cooperación es igualmente importante, no sólo dentro de la empresa, sino entre todos los actores de un mercado. «Son las leyes del mercado», dirán otros. Si esto es así, habremos de preguntarnos -en un próximo artículo- de dónde vienen esas leyes que tan graves consecuencias pueden tener.