De las tres «nacionalidades» históricas que hoy reconoce la Constitución, País Vasco y Catalunya han sido siempre las más peleonas. Los gallegos, tradicionalmente, han preferido emigrar a luchar por lo suyo o bien instalarse en Madrid y hacer carrera política, desde Franco hasta Fraga, Rajoy, Feijóo, Yolanda Díaz y tantos otros. De ahí deriva la teoría que dice que el Estado potenció la industrialización de esos territorios con el objetivo de dotarlos de un mejor nivel de vida, aprovechar la frontera francesa para facilitar las exportaciones y, de refilón, llenarlos de compatriotas de otras regiones del país para «diluir» ese carácter revolucionario a base de mezclarse con otras formas de ser y de ver la vida. El experimento, si es que realmente existió, funcionó bastante bien y ambas zonas han prosperado hasta alcanzar una paz cómoda y un silencio tranquilizador para el Estado. Será la mezcla de sangre o será la sociedad actual, adormecida a base de alcohol, drogas, televisión, videojuegos y redes sociales.
El caso es que algunos empiezan a ver en la «invasión» inmigratoria una jugada parecida. Los únicos países europeos que se niegan a abrir sus puertas de par en par pagan multas millonarias para evitar que su cultura y forma de vida tradicional se diluyan en la mezcla. Otros, como España, siempre por delante en materia de solidaridad, preferimos acoger y cobrar. Quién sabe si también con la misma intención que guiaba a Franco de deshacerse de esos molestos nacionalismos periféricos. Lo que no contemplan es que quienes llegan ahora no se mezclan, construyen guetos y reproducen en ellos su estilo de vida, religión y ley. Nos diluirán por natalidad. Y Europa dejará de ser europea.