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Les coses senzilles

Las mañanas luminosas

| Menorca |

La muerte de Alfonso Ussía ha devuelto estos días a la actualidad una figura que representó durante décadas un modo personal de entender el humor, la elegancia de estilo y la memoria de todo un país. Articulista, heredero de la tradición satírica capaz de alternar ironía y ternura, Ussía cultivó una escritura personal, a veces áspera, a veces nostálgica, que lo convirtió en una personalidad destacada dentro del periodismo actual. Queda la sensación de que con él desaparece un tipo de escritor cargado de versos, anécdotas y personajes, que disfrutaba compartiéndolos como en una conversación interminable. Aquí preciso aclarar que mi amigo RCG me envía por WhatsApp un pequeño reel en el que el propio Ussía, ya mayor, recita de memoria el poema «La melancolía del desaparecer», de Agustín de Foxá. Hay en esa grabación algo que emociona: un hombre cercano al final de su vida recita los versos de otro que también meditó sobre la caducidad humana. El poema insiste en una idea esencial: la humildad del ser humano frente a un universo que nos precede desde hace millones de años y que seguirá su curso cuando ya no estemos, por muchos desmanes que cometamos.

Agustín de Foxá fue un diplomático, novelista, periodista y poeta, desaparecido en 1959, que reflexionó sobre la fugacidad y el paso del tiempo. «Y pensar que después que yo me muera / aun surgirán mañanas luminosas…» dice Foxá, recordándonos que nuestra desaparición no detendrá nada en el mundo, ni mermará la belleza que se renueva sin nosotros: el reflejo de la luz sobre el mar, el silencio de los árboles, el ciclo implacable de la vida. La certeza de la muerte, de nuestra vida efímera, debería abrirnos los ojos ante la necesidad de reconocer lo poco que somos y adecuar nuestro comportamiento a la grandiosidad que nos rodea. Nos creemos únicos, imprescindibles, y sin embargo nadie hace falta en este mundo para seguir siendo mundo. Deberíamos caer en la cuenta de que, puesto que la tierra continuará sin nosotros, resulta pueril empeñarse en destruirla con conductas que la degradan, o con amenazas de guerras totales en las que —por mucho poder que atesoren sus promotores— no quedaría títere con cabeza. Quizá el verdadero sentido de «desaparecer» no sea el lamento por lo que se pierde, sino la conciencia de lo que permanece. Tal vez nuestro deber sea respetar esa belleza, protegerla, dejársela intacta a las generaciones posteriores, permitirles disfrutar de las mismas mañanas luminosas.

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