La mítica princesa Europa, que dio nombre a nuestro continente, continuaba, por lo visto, una tradición familiar. Su padre, Fénice, ya le había dado el suyo a Fenicia y su abuela, Tiro, a la bonita ciudad escala del levante. El caso es que la buena de nuestra antepasada estaba tan contenta echando un día en la playa con unas amigas y recogiendo flores del litoral (sí, ya entonces se cometían atroces atentados ecológicos, pero para fortuna de aquellas lindas muchachas todavía no existía el Seprona) cuando apareció, saliendo del mar, un precioso toro blanco. Como era manso y bien predispuesto, las muchachas no se asustaron y jugaron con él. Europa llegó incluso a cabalgarlo y, cuando más contenta y despreocupada estaba, el morlaco echó a correr con su carga sobre las olas y no paró hasta llegar a Creta. Una vez allí el animal se convirtió en el mismísimo Zeus y, por lo que cuentan, él y Europa se conocieron. Debió ser en el sentido bíblico, pues, a su debido tiempo, Europa dio a luz a nada menos que tres gañanes que con el tiempo se convertirían el uno en rey en Creta, el otro en guerrero en Troya y, el último en juez, ni más ni menos que en los infiernos.
No es un mal principio, desde luego, si obviamos ciertas connotaciones morales: las de carácter atrevido en cuanto a relaciones entre géneros, las delictivas en lo relativo al secuestro y las de dudoso uso respetuoso del medio ambiente por parte de las bañistas; sin contar con lo de la suplantación indebida de la respetable identidad de un toro, animal que, como es sabido, debe ser objeto de una precaución especial. ¡Que hay mucho pro taurino suelto!
Sí que resulta un tanto más extraño el hecho de que un continente con tales orígenes haya conseguido situar al margen de la ley casi todas y cada una de las peripecias de la dulce historia de su denominación. Pero, ¡en esas estamos! Acabamos de ser acusados, por parte de nuestros amigos americanos -en su informe sobre Nueva Estrategia de Seguridad- del declive y borrado de nuestra propia civilización; de una debilidad en lo económico y lo militar que sólo promete ir a peor; de sobre-regulación y exceso de burocracia tanto en lo público como en lo privado; de falta de transparencia, recorte de libertades y censura en cuanto a nuestros medios de comunicación; de exponer expectativas poco realistas en lo referente a política internacional, representando un obstáculo para la paz en los conflictos de Gaza y Ucrania; de ir perdiendo representatividad y significancia en todos los foros no directamente subvencionados; de conducir erróneamente todas nuestras políticas demográficas, comprometiendo el futuro de nuestras naciones; de falta de democracia en el reconocimiento de alternativas políticas por cuestiones ideológicas…
¡De estarlo haciendo todo mal, vamos! Si esta es la opinión de nuestros amigos deberíamos preocuparnos por la de nuestros enemigos. ¡Imagínense! ¡De aquí al desahucio internacional sólo hay un paso! Pero no se preocupen, siempre hay mucha envidia en los comentarios de los vecinos y la gente habla por hablar. Los yanquis parecen creer que, por estar haciendo su política a cara descubierta y frente a las cámaras de televisión, sus políticos son mejores que nuestros amados líderes que, con sus sumas de minorías mayoritarias, no dejan de reunirse a puerta cerrada con el objetivo común y sagrado de gastarse hasta nuestro último euro en segarle la hierba bajo los pies a la expansión de la derecha y la ultra derecha. Que no pasarán, vamos: ¡Aunque nos vaya la vida en ello!