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Contigo mismo

Cuento de Navidad para un dictador

| Menorca |

A Charles Dickens por su «Cuento de Navidad», el que te conmovió siendo niño y te sigue conmoviendo…

A todos los dictadores y falsos demócratas, en la esperanza de que acaben finalmente regenerándose, como hizo Scrooge…

I

El Presidente se despertó sudoroso e intentó discernir si lo «vivido» había sido un simple sueño o algo real. Aquella extraña criatura que le había visitado de noche le había retrotraído a su pasado. Se había visto a sí mismo, jovencísimo, con sus ideales aún intactos. Creía, entonces, en la verdad, en la conciencia, en los principios, en la lucha por y para los otros, en la generosidad, en la palabra dada, en la utopía, en la honestidad… «¿Cuándo comenzó a cambiar todo en su existencia?» –se preguntó, angustiado-. ¿Cuándo, en él, la verdad se mudó en mentira sistematizada disfrazada de cambios de opinión? ¿Cuándo la ética en moneda de cambio en el zoco del poder? ¿Cuándo los principios en algo molesto que dificultaba el progreso estrictamente personal, un algo del que, por tanto, debía prescindirse? ¿Cuándo esos otros se mudaron en un yo enfermizo y patológico? ¿Cuándo la generosidad se circunscribió a uno mismo? ¿Cuándo la palabra dada, en olvidada? ¿Cuándo la utopía en distopía? ¿Cuándo la honestidad en conveniencia? ¿Cuándo…? Aquel fantasma del pasado le había molestado enormemente. Pero se sobrepuso al contemplar la estancia presidencial, esa que le recordaba que él seguía estando ahí… Y se asedó…

II

Al cabo de una hora se despertó de nuevo y se hizo la misma    pregunta: ¿esa segunda criatura monstruosa que se le había aparecido procedía de lo onírico o su presencia constituía una curiosa evidencia paranormal? Ese fantasma –distinto al anterior- le había hecho recorrer pueblos, calles y hogares de su país en presente de indicativo. Esos pueblos y esas calles que él ya no podía pisar. Y se había dado un encontronazo con los problemas auténticos de una ciudadanía a la que tenía que servir y socorrer y a la que, frente a su espejo, frente a su imagen, había simplemente ignorado. ¿La vivienda? ¿La pobreza infantil? ¿Los desahuciados desasistidos? ¿La dificultad para llegar a fin de mes de tantos? «¡Bah, paparruchas!» –musitó como hiciera Scrooge en el relato de Dickens-. Aquella segunda experiencia    espectral le había dado, no obstante, un chute de realidad. ¿Qué diablos estaba pasando? Intentó tranquilizarse. Y lo consiguió al cerciorarse, por segunda vez, sí, de que seguía viviendo en el palacio presidencial… A la postre, eso era lo que verdaderamente le importaba. Y se durmió otra vez…

III

Aterrorizado, se incorporó de su lecho. Esa tercera presencia había sido la peor. Le había mostrado su futuro, ese en el que jamás pensaba. Le había evidenciado que el poder no era jamás eterno. Y que lo que de este importaba era únicamente haberlo ejercido con dignidad y actitud de servicio. Se había visto, en su mañana,    fuera de su actual bunker, perdido, odiado, sin esperanza de retorno, sin poder, olvidado… Se había visto preso en su propia casa, desde la que observaba una ciudad por la que no podía transitar. Se vio imposibilitado de llevar una vida normal… La voz grave de ese último fantasma le había recitado unos conocidos versos de Jorge Manrique: «Ved de cuán poco valor/son las cosas tras que andamos/ y corremos (…) ¿qué se hicieron?/¿Qué fue de tanto galán,/ qué fue de tanta invención/ como trujeron?/¿Qué fueron sino devaneos?»

¿Estaría todavía a tiempo de regenerarse? –se inquirió-. ¿De enterrar su maquiavelismo? Esas preguntas y esa tentación le inquietaron. Se incorporó. Encendió la luz de la mesita. Se dirigió hacia su espejo y se miró en él. Y todo volvió a estar bien, en orden. Como siempre… A la postre, seguía en el palacio presidencial…

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