No tengo nada contra el amigo invisible, pero prefiero que nos veamos. Aprovechando los días de fiesta, mantenemos animadas conversaciones mientras nos tomamos algo. Las incertidumbres que teníamos al comenzar 2025 ya se han disipado y ahora tenemos las de 2026. ¿Qué pasará? Y, sobre todo, ¿qué nos pasará? Chi lo sa!, dicen los italianos. Seamos optimistas sin ser ilusos. No vivamos con temor, pero tampoco dejándonos embaucar por el primero que pasa.
Hemos comprobado cómo la manipulación del lenguaje consigue manipular la visión del mundo que tiene la gente y, tal como hemos visto cuando se realiza una sesión de hipnosis en la tele, acabas creyéndote cualquier cosa. Es muy gracioso cuando el señor bajito y calvo que está en trance se cree George Clooney, sin percatarse de las estrepitosas carcajadas de la audiencia. No hay nada como estar convencido de algo.
Para no mirar atrás, tenemos que enfocarnos en lo que viene: un año que promete ser bastante movidito. No quiero ser agorero, como tampoco quiero ser torero, pero haberlos, haylos. Entre amenazas bélicas y desastres que puede provocar la inteligencia artificial (IA), la corrupción política y la pobreza económica de la mayoría, nos vienen avisando de que puede suceder cualquier cosa. Tampoco es nada nuevo. Han venido pasando cosas últimamente que no nos las hubiésemos podido ni imaginar. El clásico adivino menorquín nos diría: Si vivim, coses veurem.