Un día tan señalado como el último del año, tengo la sensación de que la sociedad respira con dificultad. No hablo de economía ni de encuestas, sino de algo más íntimo: un cansancio moral que parece haberse instalado en todos. Un médico geriatra del hospital donde trabajo, de enorme sensibilidad, lo resumió así: «Da igual a quién preguntes: colegas, amigos, pacientes. Todos dicen lo mismo: ‘Estoy agotado’. No es cansancio físico, es como si el mundo hubiese perdido su textura».
Creo que tienen razón. Llevamos tiempo viviendo a golpe de sobresalto, de titulares crispados, de discusiones sin escucha y de una política convertida en espectáculo. Mientras tanto, en la vida real -la que empieza cuando se apaga el móvil- avanzamos con prisa y desconexión, más frágiles de lo que estamos dispuestos a admitir.
El filósofo y analista cultural Byung-Chul Han, premio Princesa de Asturias 2025, ha explicado parte de este vacío como consecuencia de la desaparición de los rituales. No se trata de un detalle estético, sino de una herida en nuestra forma de habitar el mundo. Sin esos gestos que ordenan el tiempo y crean comunidad, el día se convierte en una sucesión de tareas sin relato. Y cuando la vida pierde relato, pierde sentido. Nos quedamos sin pausas simbólicas que nos recuerden quiénes somos.
Pienso en los rituales cotidianos que antes sostenían la convivencia: ceder el paso, saludar al vecino, mantener una puerta abierta, ofrecer el asiento, preguntar cómo está alguien y escuchar de verdad la respuesta. Parecían minucias, pero sostenían algo grande: la certeza de que el mundo era más habitable porque nos cuidábamos, aunque fuese mínimamente.
Byung-Chul Han diría que esos gestos crean «tiempo cualitativo»: no el de los relojes, sino el de la humanidad compartida. Son interrupciones que rompen la productividad constante y nos devuelven a lo común. Pequeños rituales, sí, pero también pequeñas resistencias frente a una sociedad cada vez más indiferente.
Ahí está, quizá, la salida a esta desesperanza silenciosa: volver a los gestos, a los rituales mínimos, a la ética de las pequeñas cosas. No podemos cambiar de golpe el clima político ni silenciar la crispación global. Pero sí podemos elegir cómo queremos vivir cada día.
Tal vez la esperanza no llegue con grandes discursos, sino con ese pequeño gesto que hacemos cuando nadie nos mira. Porque esos gestos, sumados, ordenan el mundo. Los rituales no son un adorno: son una arquitectura del alma. Sin ellos, el tiempo pierde profundidad y la vida se vuelve frágil.
A veces no son grandes gestos, sino guiños casi imperceptibles los que alivian. Uno de ellos -más que un gesto, quizá un pequeño acuerdo con vocación de entendimiento- me produjo un verdadero sosiego al leerlo en el diario MENORCA el pasado 27 de diciembre: La Entesa y el PP se entienden en Mercadal.
Ojalá 2026 sea el año de esa artesanía del vivir. El año de los gestos que nos humanizan. No sé si bastará para cambiarlo todo, pero sé que sin ellos no cambia nada.
Gracias por leer estos artículos, todos o algunos, durante el año que se despide. Quizás éste haya sido nuestro pequeño ritual compartido. En esta nueva era, que 2026 sea un buen capítulo más en el libro de la vida que compartimos. ¡Buena travesía!