A ver, el verdadero problema no está en que unos piensen una cosa y otros piensen la otra. ¡Que cada cual es muy libre de pensar lo que sea! El auténtico follón está en valorar el hecho de que lo que pasa dentro de las cabezas ajenas pueda ser considerado peligroso o agresivo. Vamos, que no hace falta que uno actúe mal, practique el mal o no se comporte debidamente; si no comparte nuestro estrecho y estricto concepto del bien y del mal, ya podemos colegir que el pensante o pensador es más malo que Barrabás. Ni siquiera necesitamos que ejerza de hablante o emisor. Solo por determinados signos externos podemos reconocer a los malos: los cortes de pelo, las mechas, cierto flequillo o la forma de cuidar la barba o el atuendo. Y en esto del atuendo -que desde que desapareció la moda y todo el mundo va de Zara y Decathlon empieza a dar lo mismo- especialmente en el ámbito del complemento: las pulseras, los pañuelos o los pines.
O sea que, ahora, más fácil no lo podemos tener: de un vistazo te calas al otro, sabes qué pie calza, a quién vota en sus ratos libres, a quién sigue en las redes… en fin, todo lo necesario para determinar aquello que parecía tan difícil de quién es bueno y quién malo. No nos podemos quejar, ¡es un chollo!, ¡si hasta parece mentira que Adán y Eva tuvieran que pasarlas tan negras por culpa de aquello del árbol del bien y el mal! ¡Con lo sencillo que ha venido resultando estos últimos años!
Para los más obtusos -que siempre hay gente que no se fija en nada- siempre queda lo de dar un poco de conversación. En las primeras tres frases ya le tienes las medidas tomadas al otro como en un retrato robot. Por supuesto, las ventajas de este sistema de descalificación, en cuanto a facilitar la vida en época de déficit de atención, nos permiten olvidar las complejidades por medio de las cuales la libertad de palabra y opinión nos permitía conocer otras opiniones y enriquecer nuestras propias perspectivas. ¡Cómo para ampliar horizontes está uno con tanto desalmado suelto!
Ya estábamos cómodamente instalados en este universo simplificador en el que podíamos dedicarnos tan alegremente a explorar las infinitas posibilidades del odio al malo, el castigo al malo, la cancelación del malo, la búsqueda y captura de malos emboscados, la nueva temática útil para identificación e incluso creación de malos, cuando, misteriosamente, ha venido a presentarse ante las puertas de los desavenidos hogares de buenos y malos, el viejo concepto de la hipocresía. Y, mira tú por dónde, que ha sido toda una bendición. Inesperada, desde luego. ¿Quién hubiera dicho que semejante mostrenco podría resultar de ayuda en algo?
Pues ahora resulta que quienes nos azuzaban a juzgarnos unos a otros, luego iban y, en sus asuntos y vidas privadas, hacían lo que les parecía. Cuando se les pregunta por sus erráticos comportamientos, contestan con lo mismo que diría cualquier hijo de vecino y señalan que otros son todavía peores.
Hemos podido comprobar que todo el odio que se nos ha inculcado a los unos por los otros era tan mezquino como interesado. Si usted es de aquellos a los que no les renta directamente, si no cobra por ello, desembarácese de él. Se disfruta más de las cenas.