Feijóo aseguró en su día que no tenía nada que ocultar con respecto al intercambio de wasaps con Mazón. Sin embargo, la cronología de sus declaraciones y las contradicciones posteriores muestran que su relato fue adaptándose según las circunstancias. Qué raro, ¿no? Sobre todo, de un hombre tan cabal y responsable que hasta se fotografía con un narco. Hoy no sólo se examinan los hechos, también la credibilidad, que lamentablemente deja mucho que desear. Y eso en política debería ser crucial. Los ciudadanos asistimos a esta función con cierto hartazgo. Vemos como los políticos invierten más energía en maquillar y moldear la percepción que se tiene de ellos que en asumir culpas y responsabilidades. Se les debería recordar que la confianza no viene por decreto, debe demostrarse. Por eso, en mitad de tanto argumento postizo, asalta nuestras cabezas una verdad popular: antes se coge a un mentiroso que a un cojo. Algo tan antiguo que, en tiempo de redes, filtraciones y gabinetes de crisis, continúa tan vigente como nunca. Nuestra memoria puede ser efímera, pero la evidencia digital nunca se borra completamente. Y eso, en una sociedad saturada de titulares, cada mentira, por pequeña que parezca, erosiona un poco más la legitimidad de los políticos. Dichos wasaps son un retrato político. El rastro digital no miente. Se puede matizar o reinterpretar, pero lo escrito queda ahí. Durante semanas se ha negado todo. Se habló de invenciones y de persecuciones. Pero, con su revelación, la cojera es evidente y desmonta un relato construido a posteriori en las ruedas de prensa. Evidentemente, entregarlos no ha sido un gesto de transparencia. En absoluto. Es una puñetera obligación. Y pretender venderlo como ejemplaridad es un insulto para todos. Pero la política española se ha acostumbrado a que el engaño salga muy barato, a precio de saldo. Y mientras no tenga coste, seguirán creyendo que corren más que la verdad.
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