La inenarrable bravuconada de Trump en Venezuela -de la que sin duda Hollywood o Netflix hará una película llena de héroes y villanos- ha desatado un maremoto de reacciones y los analistas geopolíticos se afanan por explicar las causas y, sobre todo, por vislumbrar las consecuencias. A tenor de lo que viene pasando en Hispanoamérica en las últimas décadas, no es difícil adivinar por dónde van los tiros. Como le ocurre a África con sus antiguos colonizadores europeos, América del Sur es el «patio trasero» del tío Sam, una extensísima región llena de riquezas inimaginables que no va a permitir que se le escapen. Todas las aventuras revolucionarias e izquierdistas han sido cercenadas de cuajo, excepto Cuba. No hace falta preguntarse por qué: al amo del norte le interesa la isla caribeña para experimentar allí toda clase de atrocidades. Antes de la llegada de Trump el sur del continente se había dejado acariciar por China, promesas de inversiones millonarias, las infraestructuras necesarísimas que ellos nunca han sido capaces de hacer, negocios con tratos en igualdad de condiciones. Tampoco lo va a permitir el sheriff. Tras expulsar al gigante asiático de Panamá, ahora le toca a Venezuela. Le seguirán los demás. La Casa Blanca quiere títeres como Milei o Klast a su servicio. No porque sean más democráticos, sino porque le regalan las inmensas riquezas de sus países. No le bastará el oro que ya saquea por toneladas -luego lloran por el que se llevó el imperio español, una minucia-, les arrebatará el petróleo, las tierras raras y hasta esa exquisitez que tanto ambicionan millones de sus conciudadanos: la cocaína.
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