Las críticas al final de «Stranger Things» dicen más de nosotros que de la serie. Se le reprocha falta de riesgo, complacencia narrativa, un cierre pensado para no incomodar. Como si hubiéramos olvidado algo elemental: la serie creada por los hermanos Duffer es, ante todo, un producto de entretenimiento juvenil, un relato de iniciación, de amistad, con bicicletas y monstruos de fondo. No es y nunca quiso ser un tratado sobre el mal contemporáneo. Analizarla con la lupa de la alta teoría es como exigirle profundidad filosófica a un juego de niños. Hasta cierto punto produce ternura ver toda esa inteligencia volcada en destripar lo que nunca quiso ser complejo.
Y mientras sobreanalizamos ficciones diseñadas para pasar el rato, aceptamos con pasmosa ligereza la simplificación del mundo real. Asuntos de una complejidad extrema -la política, la desigualdad, las guerras, la tecnología, el bien común- se despachan hoy en eslóganes baratos, con bandos y bloques irreconciliables. Donde harían falta matices, duda y pensamiento lento, triunfan respuestas inmediatas, reduccionistas, tranquilizadoras. Vivimos un tiempo extraño: aplicamos categorías adultas a relatos juveniles y miradas infantiles a problemas que nos exceden. Nos refugiamos en el análisis exhaustivo de lo irrelevante -dicho con todo el cariño- mientras el mundo se organiza en una lógica empobrecedora de buenos y malos. Si no compras todo mi discurso, te conviertes en Vecna. No hay más.