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Tribuna

Qué esperar de 2026 en el mundo

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Pinta feo, la verdad. En 2026 seguiremos pendientes, ante todo, de los extraños juegos geopolíticos a tres bandas de Estados Unidos con Europa, Rusia y China, así como de la desestabilización o invasión de Venezuela y probablemente de otros países (¿Irán? ¿Cuba?). Seguiremos contemplando el abuso sin fin de Gaza y el horror de Ucrania y de los otros ochenta conflictos bélicos en marcha.

Asistiremos al suicidio de la débil Europa, atacada por fuerzas internas y externas, y al imparable debilitamiento de su Estado de bienestar. Continuará la desvalorización de los parlamentos, acosados en demasiados sitios por los poderes ejecutivo y judicial (deliberar y acordar ya no está de moda), lo que señala el fin de la democracia como modelo y como inspiración (la democracia liberal fue siempre muy cuestionable, pero sin duda mejor que los nuevos autoritarismos). Padeceremos la imparable radicalización de las derechas y la crispación social inducida por sus bulos en redes. Lamentaremos los ataques a minorías (al estilo Badalona) y la creciente –y ya escandalosa– desigualdad social.

Lloraremos (algunos) la intensificación sin precedentes de la destrucción ecológica y de la simultánea negación política del problema como nunca antes, lo que nos aboca de forma ya casi irreversible al colapso ecosocial. Estaremos atentos al impacto cognitivo y laboral de la inteligencia artificial, que probablemente va a revolucionar el mundo mucho más de lo que podamos imaginar hoy.

Junto con el declive de las democracias, seguiremos presenciando el debilitamiento del derecho internacional y de los derechos humanos en general, con su inevitable corolario: el regreso de este extraño neofascismo 2.0 (el fascismo es un capitalismo enfadado). Qué lejos queda aquel ideal ilustrado de un mundo sin fronteras, de una república global, social y democrática con los derechos humanos como constitución. Asumimos la situación con aparente normalidad, pero nada es normal. Son tiempos de cambio, de incertidumbre y sorpresa, es otro el mundo que asoma. Pero nada está escrito y la distopía no es inevitable: de nuestra resistencia democrática y propuestas sociales depende el evitarla. Podemos y, sobre todo, debemos hacerlo.

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