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Tribuna

Sensación de malestar económico en EEUU

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Existe la percepción de que las cosas no van bien en Estados Unidos. A la luz de los datos macroeconómicos, no hay señales de estar a las puertas de una recesión; pero el descontento de la gente con su situación es bastante generalizado. La oposición insiste en que este malestar se debe a la inflación –causada por los aranceles de Trump–, que ha hecho que los salarios pierdan poder adquisitivo.

Es cierto que las cosas no van bien para la clase trabajadora estadounidense; no obstante, tal y como afirma Matías Vernengo, catedrático de Economía de la Universidad de Bucknell, esto no es por culpa de la inflación. Los salarios reales y los niveles de vida material de los estadounidenses llevan estancados desde los años setenta.

El malestar social ha ido aumentando con el tiempo, y en particular tras el fracaso a la hora de corregir las injusticias del capitalismo estadounidense tras la Gran Recesión de 2007–2009. Hubo una gran esperanza en que Barack Obama trajera una forma de hacer política distinta, y la decepción contribuyó a la reacción que vemos hoy.

El énfasis excesivo de los demócratas en la inflación impacta negativamente en los debates macroeconómicos, puesto que refuerza visiones mainstream de la economía. Insistir en que EEUU tiene un problema de inflación no hace más que avalar la actual política de tipos altos de la FED. Los elevados tipos de interés dificultan el acceso al crédito y al consumo; además, encarecen las hipotecas y elevan el precio de los alquileres. Trump tiene razón al afirmar que los tipos de interés deberían ser más bajos. También está en lo cierto al decir que no hay una razón particular para que la FED sea independiente del poder político. La idea, sumamente reaccionaria, de que la política monetaria no debe estar sujeta a las decisiones de un gobierno elegido democráticamente está profundamente arraigada en el pensamiento económico neoclásico, pero no está avalada por razones científicas.

El problema de la clase trabajadora estadounidense es el estancamiento de los salarios desde los años setenta, la precariedad del empleo y las escasas perspectivas de mejora. La década de 1970 implicó el abandono de la política industrial y la liberalización y globalización de los mercados. Esto dejó al sector productivo estadounidense a merced de un crecimiento imparable de las importaciones y de un estancamiento de los salarios reales. Y este es el malestar de fondo de la clase trabajadora estadounidense, un malestar con el que ninguna Administración ha sabido lidiar.

La clase trabajadora estadounidense necesita que la alternativa a Trump no tenga como único discurso económico la promesa de frenar la inflación. Los progresistas estadounidenses deberían apostar por políticas encaminadas a elevar los salarios y mejorar las condiciones laborales; a subir los impuestos a los más ricos para que se perciba que todos contribuyen proporcionalmente al sistema; y a proporcionar un acceso amplio y de calidad a la atención sanitaria. De lo contrario, habrá trumpismo para rato.

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