Hace ya muchos años que las rebajas de enero dejaron de ser lo que eran tanto en las grandes capitales como en provincias, también en Menorca. Conservan el nombre que en otras épocas sí suponía un reclamo auténtico, veraz para encontrar duros a cuatro pesetas en los que, especialmente, muchas madres se afanaban para renovar las prendas prioritarias con las que llenaban los armarios a un precio más reducido de lo normal.
Hoy, diluidas en la mezcolanza de las campañas promocionales que con periodicidad anuncian descuentos ocasionales en franquicias y grandes superficies, la tradición de las rebajas de enero está profundamente desvirtuada.
Es una consecuencia más de la globalización y de la perversa adopción de las costumbres anglosajonas que inducen al consumismo masivo, especialmente las que provienen de Estados Unidos. El black friday, el cibermonday o el thanksgiving, entre otras, arrinconan la identidad de esta tradición de las rebajas ligadas al inicio del año que tan pingües beneficios concedían a los comerciantes.
En un mundo tan internacionalizado como el nuestro lo más fácil es caer en la tentación de adoptar modas o costumbres extranjeras sin apenas cuestionarlas. Sucede en la mayoría de países de la vieja Europa donde lo que viene del norte de ultramar se impone a lo autóctono.
Como escribe Arturo Pérez Reverte: «Confundimos modernidad con renuncia, y progreso con desprecio por lo que somos», en una acertada crítica a la tendencia a abandonar acervo, lenguaje y costumbres propias en favor de modas importadas. Ese desequilibrio evidente acaba por cuestionar la afirmación cultural propia, aquella que conecta con la historia común como base de identidad y sentido de pertenencia.
No se trata de renunciar al respeto por la diversidad pero esa apertura no debería implicar el menoscabo de lo más cercano, como siempre fueron las rebajas de enero en España.