Yo de joven llegué a realizar buenos controles orientados, trazaba diagonales y hasta en ocasiones me iba del defensa con unos amagos, pero jamás fui capaz de peinar el balón como es debido. Me faltaba estatura y salto, sobre todo con el codo del defensor en la oreja, pero lo más importante, también me faltaba cuello. El cuello es muy importante para lo de peinar balones, y yo siempre lo he tenido de tortuga, o de viejo gramático, que si alguna utilidad tiene, desde luego no es para jugar al fútbol. Antes de los quince años ya supe que nunca peinaría un balón.
Peinaba a mi abuela, cuya melena negra le pasaba un palmo de la cintura, y quizá a alguna chica en romances veraniegos, pero balones ni hablar. Ni uno. Desde entonces arrastro el vago malestar de los deseos contrariados, y una tirria especial a las imposibilidades físicas. En lenguaje futbolístico, peinar el balón es el arte de atraparlo por los pelos en el cielo, generalmente de espaldas a la portería, y con mucha suavidad bajarlo a tierra para un compañero mejor situado. Una especie de dejada de cabeza, pero sin ver dónde lo dejas. Se puede hacer con la frente, la sien o la coronilla, de ahí la importancia del cuello, pero no con el cogote, porque la peinada cogotera ni es peinada ni es nada. Se la lleva el viento. Y aparte de las exigencias físicas mencionadas, es un arte sobre todo mental, casi abstracto, porque no hay que golpear el balón, sino precisamente peinarlo. Es decir, dejarlo resbalar y darle muy de refilón, tomando la parte por el todo, digamos una sinécdoque. Sinécdoque de refilón, que es un concepto taoísta.
Lo que implica cierto nivel de abstracción, de trascendencia. Trascendencia futbolística, se entiende. Los chinos inventaron el fútbol, y en sus clásicos literarios del siglo XVI, un centro al área se llamaba ‘la perla en la cabeza de Buda’. ¿Y qué hacía Buda? Peinarla, cómo no, ya que el objetivo es dejarla lustrosa para un compañero. Solidaridad de refilón, y con cierto toque de displicencia. Nunca lo conseguí, pero me cansé de ver a auténticos tarugos peinando balones hasta dejarlos brillantes como ricitos de oro. Por cuestión física. Me hice materialista para siempre.