Probablemente ya les he hablado otras veces de la Revelación de Sturgeon, también llamada Ley o Principio de Sturgeon, un famoso escritor norteamericano de ciencia ficción, que hace ya más de medio siglo determinó que el 90 por ciento de todo es basura, mierda, una idiotez. Al principio él se refería a la ciencia ficción americana, que en su mayoría daba mucho asco, pero conforme fue profundizando en esa revelación, dedujo que lo que daba asco era el 90 por ciento de todo, se hablase de lo que se hablase. Arte, literatura, ciencia, política, costumbres, etcétera. Y es indiferente si el todo en cuestión es una reunión de premios Nobel, un sínodo de obispos o los hinchas de un equipo de fútbol, porque ese 90 por ciento de basura se cumplirá igualmente.
Por supuesto, si se trata de un único individuo escogido al azar de cualquier época y cultura, el 90 por ciento de sí mismo, como sabe cualquier psicólogo, también está compuesto del mismo material, parte fundamental de la llamada personalidad propia. Seguramente ya les he contado esta revelación (las revelaciones hay que divulgarlas), pero como la de Sturgeon tiene más de 50 años, y yo también he profundizado en ella, puedo ofrecerles mi propia versión extendida. En primer lugar, y sobre todo desde que empezó este milenio y la revolución tecnológica, ciertos eruditos consideran que el bueno de Sturgeon pecó de optimismo y minusvaloró la cantidad de basura que se nos venía encima, por lo que quizá ese porcentaje habría que elevarlo hasta el 95 por ciento.
Magnitud que se corresponde con la extensión y materia del universo que los cosmólogos y físicos teóricos ni saben qué es. Basura universal. La naturaleza y todo el universo cumplirían así la Ley de Sturgeon, lo que la dotaría de un carácter científico. Al menos, un 5 por ciento científico, precisamente el porcentaje de universo conocido. Es tentador, pero no hay acuerdo, y como no deseo ser pesimista, lo dejaré en que entre el 90 y el 95 por ciento de todo es basura. Es igual, porque el porcentaje restante es el que marca la gran diferencia en las personas, las ideas y los productos. Difícil de detectar, pero aun así hay que detectarlo, nos va la vida en ello. Y aunque el 95 por ciento de la vida sea basura, queda ese 5 por ciento a considerar.