Desde Fuerteventura, una isla in creïblemente salvaje (excepto donde hay urbanización) he visto llegar el nuevo año y con él la impunidad con que Donald Trump actúa... y le dejan actuar.
Para nada soy pro Maduro pero sí soy defensora del derecho que asiste a los países a decidir su destino…
No quiero meterme en política, no es mi estilo en estos pequeños artículos que escribo para «Es Diari», y además ya se escribe mucho sobre ello… pero no entiendo que ante tamaña actuación de los EEUU, Europa (solo siete países se han ‘mojado’) no reaccione en grupo y actúe en consecuencia a los principios que rigen en el mal llevado Derecho Internacional.
Dicho esto, os quería contar lo sorprendente de esta isla... me refiero a Fuerteventura, su color y sobre todo sus gentes.
Es una isla bella en paisaje y colores, pero sobre todo si te mueves por el interior, allí donde no hay playas, sus personas tienen un encanto muy especial... Enseguida se dirigen a ti amablemente... con una gran sonrisa... ¡ah y saludan si te cruzas con ellas! Vamos lo mismo que donde vivo!!!
Esta isla ha dejado de cultivar, llegó un momento en la historia que era conocida como el granero de Canarias... pero ahora, apenas llueve, solo he visto campos de mil colores, entre rojos, rosados, amarillentos y negros donde alguna hierba lucha por sobrevivir. Pero ni un cultivo... eso sí bastantes invernaderos abandonados.
Caminando por estos parajes, el otro día, un fuerte olor a cabra me hizo adelantarme en el camino para ver de dónde salía... creía que era una quesería... y no estaba equivocada, pero lo que había allí, además, ¡eran más de 1.500 cabras!
Me senté para hablar con el que resultó ser el dueño de semejante número de cabras y me contó que el lugar donde estábamos (cinco casas mal contadas) era «su pueblito» allí reside toda su familia y, obviamente, son cabreros y fabricantes de queso.
Me pareció increíble que en la época de la IA aún existan lugares como ese... personajes como él y su familia... que se fueron aproximando a donde estábamos para ver qué pasaba...
Me contó también que antes cultivaban hectáreas de tomate pero que la sequía y sobre todo el turismo habían hecho que los jóvenes ‘emigraran’ a la costa, donde con horror , puedes ver miles de apartamentos, unos encima de otros y grandes hoteles... invadiendo parajes maravillosos...
Pensé qué suerte que en Menorca, salvando algunos desastres, se impuso ese grupo de personas defendiendo la pureza de la isla, impidiendo la construcción de macrourbanizaciones, conservando nuestra cultura agrícola y ganadera.
Otra cosa que llama la atención en esta bellísima isla es la cantidad de ermitas o iglesias muy pequeñas que hay en cualquier pueblecito por el que pasas... iglesias pequeñas muy «a lo caribe» con unos curiosos retablos de madera policromados y unos techos de madera oscurecida por el tiempo... Son muy bonitas pero sobre todo muy curiosas... Ah y algunos de sus púlpitos deben tener más de 400 años... también en madera policromada...
Y no hablo de las magníficas playas blancas o negras que he pisado... increíble belleza e increíble sus dimensiones... pero esto ya se sabe, a fin de cuentas la mayoría de turismo viene aquí para gozar de ellas.
Os extrañará mi artículo de hoy, pero es que pensando en nuestra querida Menorca y viendo las cosas terribles que puede hacer el ser humano interviniendo en la naturaleza, me ha salido la voz reivindicativa de conservar lo máximo posible nuestros paisajes... Menorca aún goza de esa posibilidad... así que hemos de seguir batallando por ello.