Al siglo XXI le está costando arrancar, ya hemos quemado una cuarta parte, pero el camino que lleva se parece demasiado al infierno como para mantener vivo algún tipo de esperanza. Durante décadas Europa ha sido sinónimo de derechos humanos, libertades y bienestar colectivo, arte y cultura. Estados Unidos era sinónimo de pujanza económica, innovación, creatividad y empuje, cine y televisión. América del Sur era un conglomerado de países infestados de corrupción, desigualdad e injusticia, abonado a los culebrones, la fiesta y la música pachanguera. África estaba silenciada y Asia era un extraño cruce entre el destino de los pederastas del planeta y la fábrica barata de Occidente, un mundo hermético de tradiciones milenarias. Extraño equilibrio. Ahora la realidad se ha dado la vuelta como un calcetín.
Europa es la silenciada, África ha reiniciado su enésima migración masiva hacia el resto de la Tierra, Estados Unidos no es más que un gigante enfermo que se resiste a vivir sus últimos estertores y lo hace por las bravas, Asia ha despertado con una creatividad, un dinamismo y una fuerza imparables y Sudamérica sigue abonada al expolio, la violencia y la marginalidad. Los europeos creen que su realidad es la de hace veinte o treinta años, pero no. Estamos en extinción, por indolencia, soberbia e ignorancia. Creíamos que lo nuestro estaba asegurado y se derrite. La ridícula reacción a la agonía es comprar armas, enviar tropas, en un remedo de representación teatral de poder y fuerza. Puro humo. Pedro Sánchez quiere llevar soldados españoles a Palestina y a Ucrania. ¿Qué soldados? ¿Con qué dinero? ¿A hacer qué? Atisbo otra sangría económica para contentar a los criminales que dirigen la UE.