Araíz de este arrebato que ha tenido Donald Trump de volver a poner a trabajar a toda máquina la maltrecha industria del petróleo venezolano, hemos descubierto que nuestra tan española Repsol es, en realidad, propiedad de un montón de empresas extranjeras, casi todas ellas fondos buitre americanos. Es decir, de española no tiene nada. Este decepcionante detalle nos lleva a preguntarnos si queda algo genuinamente nuestro, algo que podamos defender a capa y espada o ya está todo vendido. Los diferentes gobiernos que han saqueado este país han hecho muy bien los deberes que les impuso el amo estadounidense a cambio de regar con millones el depauperado terruño en los años cincuenta. Ellos colocaban aquí sus bases militares y nosotros les entregábamos en bandeja de plata casi todo lo valioso que existe en la piel de toro.
Beneficios para los de siempre. Ahora nos apuñalan de nuevo por la espalda, con el tratado de buenos amigos con los países del sur de América para que sus productos baratos y apestados penetren con alegría nuestras fronteras. Los fabricantes del norte de Europa les venderán a ellos sus coches, sus electrodomésticos, sus herramientas, su tecnología, pero nosotros nos conformaremos con hacerles llegar algo de jamón serrano o de aceite de oliva, si no se nos adelanta Italia. Menos mal que todavía quedan familias deseosas de retener el valor, el talento y la marca de las empresas que han levantado durante décadas y hasta equipos de fútbol que se nutren solo de jugadores locales, aunque esto ya en vías de extinción. Para que luego los fachas se sientan orgullosísimos de todo lo español. Tendrán que buscarlo debajo de las piedras.