A la hora de intentar dilucidar qué demonios pretende lograr Donald Trump mediante su cadena de erráticas decisiones, muchos analistas recurren a la situación económica de su país, que no dudan en tildar de «crítica». Algo que llama poderosamente la atención si nos atenemos a las cifras que se manejan en la sociedad estadounidense. Si bien su déficit es monstruoso y su deuda también, la gente de la calle vive bien. Con sus obvias desigualdades entre los más ricos y los más pobres, la llamémosle clase media mantiene un nivel de vida que para nosotros quisiéramos. El desempleo es prácticamente inexistente, con una tasa alrededor del cuatro por ciento que se considera estructural. El salario medio anda por los ochenta mil dólares al año -el mediano, más habitual, supera los sesenta mil- y la vivienda cuesta por término medio unos 400.000 dólares, lógicamente con picos y valles dependiendo de la zona. Mientras, en este lado del charco, la clase política que nos dirige se llena la boca con los datos de la economía española, sin explicarnos que aquí el salario mediano anda por los 23.000 euros y en la hostelería -que proporciona trabajo a millones de personas- se queda en unos ridículos 16.000, mientras el paro cabalga al trote -a pesar de todos los maquillajes que les ponen a las cifras reales- y la vivienda viene a costar lo mismo. Son economías poco comparables, pero si nos ponemos en los zapatos de un ciudadano yanqui y uno de aquí, nos salen los colores. Dirán que aquí tenemos mejores servicios públicos y blablablá, pero de eso también podríamos hablar largo y tendido. Solo digo que nuestros políticos deberían callarse un poquito y empezar a resolver problemas, que para eso les pagamos.
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