«Señor, Vd. es uno de los nuestros» dijo el joven Frederic, el anfitrión guardó silencio unos segundo y mirándole a los ojos respondió. En la novela «El Húsar» de Pérez-Reverte, hay un capítulo donde se narra la llegada de un regimiento francés a una localidad de provincias durante la invasión francesa de 1808. Reciben los oficiales la invitación a comer de un prohombre local, y durante la misma, el noble, hombre culto, se dolía de un pueblo incapaz de entender los principios libertarios de la Ilustración.
A diferencia de lo ocurrido con el resto de Europa, donde un monarca rendido y un ejército derrotado suponían la sumisión total, en España la nación entera entró en guerra y nunca se rindió. La resistencia del pueblo no tenía campo de batalla, las represalias contra la población solo hacían que alimentar un odio y ensañamiento brutal por ambos bandos. Resultado, guerra total y la posterior ruina, la tierra sin cultivar, el ganado sacrificado, el comercio paralizado y la industria destruida. El destrozo y expolio practicado por los invasores, no fue mayor que el llevado a cabo por nuestros «aliados» –Dios los confunda-, cuya acción tuvo tres frentes: robar, volar las fortalezas y defensas –previsores para el futuro- y destrozar toda la industria, con especial ensañamiento en aquellas actividades en las que éramos rivales comerciales.
Con el Estado prácticamente desaparecido, se organiza la Junta Nacional de Defensa inicialmente presidida por el anciano conde de Floridablanca y poco después reemplazado por Jovellanos. En él, como en otros muchos, se da una penosa contradicción, el invasor era odiado por impuesto, pero lo cierto es que de su mano venían las reformas políticas tan necesarias, un nuevo orden del Estado, unos derechos y libertades, unos principios en suma que habían defendido los hombres de la Ilustración. José I, el nuevo rey impuesto, además de abogado era un acreditado diplomático y político -hasta su aspecto era atractivo-, quiso y pudo haber sido un buen rey, legisló sabiamente y modernizó las instituciones, era un ilustrado –masón, eso sí-. Muchos se alinearon con él, no con Francia, sino con la nueva España, el pueblo los llamó «afrancesados», pero su visión no estaba exenta de patriotismo.
Solo unos pocos ilustrados -entre ellos Jovellanos- acabarían inclinándose por la causa nacional. Entre ambos grupos se suscitarían los reproches, unos acusados de traidores a la causa nacional y otros acusados de traidores a sus principios ideológicos. Contradicción que golpeó a Jovellanos cuando, liberado de su prisión en Francia, es invitado a incorporarse a la causa bonapartista, «El verdadero combate a librar es, la libertad de la nación» le contesta al afrancesado Cabarrús. Enfermo de neumonía, muere en 1811 sin ver el final de la invasión, con una Francia que parecía invencible, y una España sin una estructura política firme, «Nación sin cabeza ¡Desdichado de mí!» fueron sus últimas palabras. Y cuando llega la victoria, cuando los patriotas han sido capaces de elaborar la Constitución de 1812, cuando un prometedor futuro se abre ante ellos, un gobierno radical y despótico acaba con todas las ilusiones y abre una división social, la polarización, las dos Españas que aún perduran. La revolución francesa de 1848 y la paralela publicación del «Manifiesto Comunista» encontraron el campo abonado.
De espíritu libertario y corazón tradicional, pronto al sentimiento y vehemente en la defensa de sus ideas, el español es una contradicción en sí mismo. Cerebrales y viscerales a un tiempo nos definimos como «moderados», curiosa palabra que tiene un montón de sinónimos –todos positivos-, «contrario a los extremismos» dice la RAE. Pero, ¿qué es ser moderado?, es ser de izquierdas en lo social – raíces cristianas, apoyo al necesitado, distribución de las riquezas-, y de derechas en lo económico –propiedad privada, libre mercado, apoyo a la productividad-.
El joven teniente, creyendo ver cierta complicidad, le hace una confidencia a su anfitrión: llegado el caso emplearán la fuerza para imponer sus ideas, «Llegado el caso, estaré siempre con mi pueblo» respondió, «menuda contradicción» pensó. Somos leales, solo necesitamos alguien que lo merezca. Amamos la libertad pero nos da miedo, quizá conscientes de que somos incapaces de administrarla, siempre nos acaba desbordando. Otra contradicción más.