Vivimos, gracias sean dadas, los tiempos del final de la palabrería. No van a ser fáciles. Está claro que lo de llamar a las cosas por su nombre se va imponiendo por todas partes. ¿Se han fijado en que los términos vagos del tipo «sostenible» o «resiliente», que han dado tanto juego estos últimos años, están en sus horas más bajas? Van quedando para adorno en las etiquetas de los productos químicos menos efectivos o para enhebrar poemas sobre lo mucho que se disfrutan los coches más caros. ¿Han visto como el cambio climático (antiguo calentamiento global) va convirtiéndose en una mera excusa para imponer normativas restrictivas en temas que cada vez cuesta más relacionar con el tiempo que hace o hará? ¿Han observado como la igualdad, condición necesaria para la existencia de los sistemas basados en la representación de la voluntad popular, se ha convertido en un extraño galimatías sobre privilegios y exenciones de las rarezas? ¿Han reflexionado alguna vez sobre el dato de huella de carbono, obligatorio en la expedición de sus billetes de avión?, ¿han llegado más allá de que servirá para justificar el hecho de que le incrementen el precio?
La paz «efectiva y duradera» es exigida por los partidarios de continuar las guerras. El respeto a la legalidad internacional es reclamado de forma estentórea por los que creen que la palabra «derecho» significa su propio acceso a lo que les venga bien y por tanto nunca han confiado ni siquiera en el derecho civil nacional. Los atentados ejercidos por el poder contra lo que consideramos libertades básicas, en países con tradiciones y doctrinas desfasadas, son justificados por los más exigentes y puntillosos de nuestros rebeldes mediante el respeto a otras tradiciones, usos y costumbres. Gritando «libertad» salimos a manifestarnos a favor de la permanencia de las dictaduras más represivas. ¿Justificaremos hasta el canibalismo y la ablación en nombre de la libre autodeterminación de los pueblos?
Es lo que tiene esto de andar trastocando los nombres de las cosas, que al final no sabe uno de lo que habla ni para qué. Es el ecologismo el que combate la instalación de molinos eólicos en las proximidades de nuestras costas. Es el territorialismo, en nombre de la estética y la tradición, el que nos impide mejorar nuestras carreteras y facilitar el acceso a nuestros monumentos mientras conservamos ruinas modernas. Es la defensa de algunas lenguas vernáculas la que acabará definitivamente con el menorquín. Es nuestra burocracia la que ahogará al producto local mediante su exigente protección, como ha acabado con el consumo de pescado fresco en unas islas en medio del Mediterráneo. Es nuestro elevadísimo concepto del urbanismo planificado el que nos impone la carencia de viviendas. Es nuestro delicado sentido de lo natural lo que nos impide abastecernos de agua desalada…
Es no tener ni idea de que las causas implican consecuencias. ¿Si las causas en nombre de las cuales se imponen normativas son buenas, cómo van a dejar de serlo las consecuencias? Pues va a ser que no. Los problemas que han de ir enfrentando las sociedades se deben a múltiples razones, los hay que se deben a su propia evolución y los hay que les vienen impuestos por cambios en otras comunidades y partes del mundo. Divagar sobre lo bueno y lo malo, lo bello y lo sublime, ha dejado de ser una opción para nuestros gobiernos. El mundo ha decidido actuar. ¿Acaso no se han fijado?