Luchar para imponerse a los demás no es una rareza desconocida. Se aprende a una edad temprana en la escuela y en las calles, pero pronto se desliza en todos los ambientes del mundo adulto, como bien sabemos. ¿Qué tiene de extraño que las naciones copien el modelo y actúen con la misma prepotencia y despotismo? Desde que los individuos se organizaron en grupos sociales -y de eso hace miles de años- se ha venido aplicando la dominación belicosa como instrumento para obtener todo tipo de ventajas. En los últimos siglos se ha conocido -o soportado- la fuerza incontenible de potencias como España, Francia, Países Bajos, Reino Unido y Estados Unidos, pero también la de musulmanes, otomanos, mongoles, chinos, rusos o japoneses, que han conseguido alcanzar sus pretensiones.
Un historiador norteamericano afirmaba que en líneas generales se necesita mucha riqueza para sostener al ejército y un ejército bien dotado para adquirir y proteger la riqueza. En todos los casos han sido los recursos económicos superiores los que han permitido el desarrollo de unas fuerzas armadas lanzadas a la conquista de los países vecinos, cuya debilidad les convertía en objetivos fáciles para las ambiciones de los líderes. Estas situaciones no eran permanentes ni estables, sino que fluctuaban en función del ascenso o descenso de esos elementos imprescindibles. A medida que unos se debilitaban, asistíamos al despliegue de otros que estaban al acecho.
Nunca nos hemos visto libres de la tutela de quienes se hallaban en la cumbre, esos que avanzan sus garras para asegurarse los objetivos, pero -¡ingenuos de nosotros!- pensábamos que con el tiempo se calmarían las aguas y se achicaría la codicia. Nada de eso ha ocurrido: más bien lo contrario. Hemos asistido a la invasión de Ucrania por parte del avasallador Putin; conocemos los zarpazos que propina el impredecible Trump; observamos los movimientos tranquilos, pero no menos eficaces e inflexibles, del adusto Xi Jinping. No es un miedo irracional el que nos lleva a pensar que sus calenturientas mentes pueden estar maquinando lo que nos perjudicará gravemente. Cada día nos sorprenden con un nuevo desvarío y además no esconden lo que están persiguiendo. No hay razones encubiertas ni pretensiones agazapadas, van a lo que van, sin importarles revelar sus ambiciones, por dislocadas que resulten. Y a la vista de lo que ocurre cabe pensar que lograrán sus fines, aunque sucumba media humanidad (si no prescinden de ella es porque la necesitan para agigantar riqueza y poder).
El mismo historiador al que antes nos referíamos escribía en un libro singular: «Los que presumen que la Humanidad no sería tan estúpida como para enzarzarse en otra guerra ruinosamente cara entre grandes potencias tal vez deberían recordar que esta creencia fue también ampliamente sostenida durante gran parte del siglo XIX (…), con el argumento de que la guerra sería económicamente desastrosa para vencedores y vencidos», pero mientras tanto «los estados mayores europeos ya estaban preparando en silencio sus planes de guerra» (Paul Kennedy: «Auge y caída de las grandes potencias», 1989, p. 655). ¿Podemos estar ciertos de que todos los líderes descartan la utilización de armamento nuclear?
Mientras tanto la Unión Europea, que tan firme parecía con sus alianzas y la fuerza militar que había orquestado, cae en la cuenta de que lo primero se ha resquebrajado y lo segundo flojea, al depender del asentimiento de los 27 socios frente a lobos solitarios. Ante los movimientos estratégicos que nos circundan empezamos a tomar conciencia de nuestra fragilidad. ¡Con lo seguros que nos sentíamos!