Entramos de lleno en territorio desconocido, apriétense los cinturones. Aquel mundo basado en reglas e instituciones que proporcionó a Europa la mejor de sus épocas y que hizo clamar al sociólogo norteamericano Francis Fukuyama que la historia había terminado, aquel mundo idílico ha pasado a mejor vida empujado por los nuevos depredadores que describe con acierto Giuliano da Empoli en un reciente libro publicado por Seix Barral («La hora de los depredadores», octubre 2005) en el que desliza un sutil comentario: «El caos ya no es el arma de los rebeldes sino la marca de los más fuertes». Me propongo en este artículo, cimentado básicamente en plumas ajenas, entender algo del actual desgavell.
Fukuyama pensaba, allá por 1990, pocos meses después de la caída del muro de Berlín, que, una vez derrotado el comunismo, la historia de los grandes conflictos político-económico-culturales había llegado a su fin, tras la victoria definitiva de la democracia liberal (burguesa la llamaban los más asilvestrados) y el libre mercado. No sé si Fukuyama habrá cambiado de opinión, como sí lo ha hecho en otros parámetros el notable escritor inglés Julian Barnes en un opúsculo que ha publicado no hace mucho en una colección de pequeños ensayos en la editorial Anagrama, con un título tan lacónico como sugerente: «Mis cambios de opinión».
«Cambio de opinión cuando cambian los hechos» había dejado escrito John Maynard Keynes, uno de los padres de la socialdemocracia moderna, hoy denostado por los neoliberales con o sin motosierra. Prosigue Julian Barnes, el autor del librillo, con una sorprendente cita de su hermano filósofo cuando Julian le pidió citarlo en una crónica familiar, en la que forzosamente tenía que invocarlo. Cuenta Barnes la respuesta de su hermano. «Por cierto -escribió-, no me importa lo que digas de mí, y si tu recuerdo discrepa del mío, guíate por el tuyo, que probablemente sea mejor». Y es que el hermano filósofo era consciente de la fragilidad de los recuerdos dado que el cerebro frecuentemente nos engaña, y que la memoria cambia con el tiempo y que, en efecto, altera nuestra opinión de las cosas.
Y sigo en el clarividente texto de Julian Barnes que cuenta como a uno de los catedráticos que entrevistaron al historiador A.J.P. Taylor para optar a una beca en Oxford le había llegado a sus oídos que Taylor, lamentablemente, adolecía de una afección dudosa conocida como Firmes Opiniones: ¿era eso cierto? Sí, confirmó; Taylor albergaba Firmes Opiniones, pero no importaba porque las defendía con Débil Convicción (Y obtuvo la plaza). Mucho más peligrosos son los que albergan firmes convicciones y las respaldan con ardor guerrero…
Otra cita significativa al respecto de las fuertes convicciones sería nada menos que de Albert Einstein, a quien unos periodistas pidieron que explicara la relatividad de una manera que ellos pudieran entender. «Una hora sentados con una chica guapa en el banco de un parque transcurre en un minuto -dijo Einstein-. Pero un minuto sobre una estufa al rojo vivo parece una hora. Eso es la relatividad. Opiniones, convicciones, reflexiones en busca de la verdad. ¿Tu verdad? -se preguntaba Antonio Machado en un bello poema- No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela.
Estamos hoy día rodeados de gente dogmática que lo tiene todo clarísimo y que jamás duda, son los pontificadores que nos asedian por tierra mar y aire, pero no con la intención de buscar la verdad sino de imponer la suya. No conocen el escepticismo y tratan de débiles a los que sospechan. Por este motivo -y prometo que es la última cita de esta entrega- nunca podrá llegar a ser un buen pensador o un buen periodista quien se define a sí mismo como militante de una causa. El militante nunca duda (Diego Garrocho en «Moderaditos». Edit Debate) su verdad es la Verdad (con mayúsculas). Trump, sin ir más lejos: cuando le preguntan por la moralidad de sus actuaciones responde que solo se rige por su moralidad. Así andamos.